Tengo 32 años y vivo en un viejo edificio en Madrid. Mis vecinos del quinto, Fabi y su amiga Frederica, son dos maduritas que me vuelven loca. Fabi, 55, curvas generosas, pelo corto negro y siempre con faldas ajustadas. Frederica, 50, nórdica, rubia, tetas enormes y culo firme. Las espiaba desde mi balcón, la luz filtrando por las persianas. Una noche vi a Fabi comiéndole el coño a Frederica en su salón, gemidos ahogados, el aire fresco del balcón trayendo sus jadeos. Me mojé al instante, frotándome el clítoris pensando en unirnos.
Al día siguiente, viernes, bajo al ascensor. Fabi entra en el tercero, sola. Nuestras miradas se cruzan, sonrío cómplice. ‘¿Qué tal el balcón anoche?’, dice bajito, mordiéndose el labio. El ascensor sube lento, crujiendo. Me acerco, huelo su perfume mezclado con sudor. ‘Te vi, vecina. Me pusiste cachonda’. Su mano roza mi cadera, el corazón latiéndome fuerte. Puertas cerradas, pero el edificio viejo, paredes finas. ‘Sube a casa, ahora’, susurra, pulsando su piso. La barrera cae: la beso salvaje, lengua dentro, sus tetas contra las mías.
La mirada voyeur y la tensión en el pasillo
En su piso, puerta apenas cerrada, me empuja contra la pared del pasillo. ‘Quítate las bragas, puta voyeur’, gruñe. Me bajo el pantalón, coño chorreando. Ella se arrodilla, lame mi raja abierta, chupando el clítoris hinchado. ‘Joder, qué mojada estás por espiarnos’. Gimo, tapándome la boca, miedo a que los vecinos oigan. Sus dedos entran, dos, tres, follándome el coño mientras me azota el culo. ‘¡Azótame más fuerte!’, suplico. Pum pum, carne roja, placer quemando.
Me arrastra al salón, luz tenue por las stores. Me tira en el sofá, se quita la falda: coño peludo, labios gordos. ‘Fóllame con la lengua’. Me entierro en ella, saboreando su flujo salado, clítoris duro como piedra. Frederica no está, pero huele a ella. Fabi me monta la cara, restregando, ahogándome en jugos. ‘¡Sí, lame mi coño, vecinita guarra!’. Grita bajito, temblando. Cambio: le meto cuatro dedos en el coño, casi la mano, girando contra sus paredes calientes. ‘¡Me corro, joder!’. Sale en chorros, mojándome la cara.
El polvo brutal y el secreto ardiente
Ahora yo: me pone a cuatro, polla de juguete en mi culo -lubricado con su saliva-. ‘Tu culito virgen de vecina’. Entra lento, duele-placer, follándome anal mientras me masturba el coño. ‘¡Voy a gritar!’, digo. ‘Calla o nos pillan’. Ritmo brutal, palmadas en culos chocando, sudor goteando. Mi orgasmo explota, coño contrayéndose, chorro salpicando el suelo. Ella eyacula otra vez, gimiendo mi nombre. Nos corremos juntas, cuerpos pegados, olor a sexo puro.
Minutos después, calmadas, fumamos en el balcón, aire fresco secando nuestros coños. ‘Fue una locura, el ascensor crujía’, digo riendo. ‘Vuelve cuando quieras, pero silencio’. Al día siguiente, cruzamos en el pasillo. Sonrisa pícara, roce de manos. ‘Buenos días, vecina. ¿Dormiste bien?’, guiña. Siento su mirada quemándome el culo marcado. Secreto nuestro, prohibido, excitante. El edificio guarda nuestros gemidos.