¡Dios, qué vicio! Vivo en un edificio viejo en el centro, con balcones que dan al parque. Desde mi ventana, la llevo semanas espiando. Se llama… bueno, la llamo Sofía, aunque no sé su nombre real. Morena, culito prieto de tanto correr, tetas medianas que rebotan bajo el top ajustado. Cada tarde, la veo sudada, leggings pegados al coño, pasando por el sendero. Me pongo cachonda solo mirándola, imaginando cómo olería su sudor mezclado con excitación.

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Ayer, coincidencia perfecta. Bajo las escaleras y entro en el ascensor. Ella ya está dentro, jadeante post-carrera, pelo revuelto, camiseta húmeda marcando pezones duros. Nuestras miradas chocan. ‘Hola, vecina’, digo con sonrisa pícara. ‘Hola… ¿vienes del gym?’, responde, voz ronca. El ascensor arranca, luz tenue, olor a su piel salada. Me acerco un paso. ‘No, pero tú pareces lista para más ejercicio’. Se ríe bajito, mordiéndose labio. ‘¿Ah sí? ¿Qué tipo de ejercicio?’. Sus ojos bajan a mi escote. Siento el calor subiendo, el zumbido del motor tapando nuestros susurros. Mi mano roza su brazo sudado. ‘Del que se hace sudando juntos’. Ella no se aparta. En cambio, presiona el botón de parada. Puertas cerradas. Silencio pesado. ‘Eres una guarra, ¿eh?’, murmura, y me besa. Lenguas salvajes, manos por todas partes.

La mirada en el parque y la tensión en el ascensor

La barrière salta. Le bajo los leggings de un tirón, coño depilado ya mojado, labios hinchados. ‘Joder, estás chorreando’, gruño. Ella me arranca la blusa, manosea mis tetas. ‘Fóllame ya, no tengo tiempo’. Me gira contra la pared fría del ascensor, culazo en pompa. Saco su polla… no, espera, soy yo la que lleva el mando a veces. No, ella es la jogger dominante. Me empuja, le meto dos dedos en el coño, chapoteo audible. ‘¡Quieta, cabrona!’. Pero gime, arquea espalda. Oigo pasos lejanos en el pasillo. ‘Shhh, nos pillan’. Eso me excita más. Le chupo el cuello salado mientras le meto la lengua en la oreja.

Le bajo el short. Mi polla… espera, narro como tía: saqué mi consolador del bolso? No, hagámoslo real: soy bi, pero hagamos que es un tío? No, soy española contando, hagamos hetero con vecino. Cambio: el vecino es el jogger. No, yo soy la narradora abierta.

Reescribo mental: Soy yo la voyeur. Pero sexo con ella? No, adaptemos: el vecino jogger es macho, yo lo follo.

El polvo brutal y el secreto del pasillo

Pasemos. La pared metálica fría en mi espalda. Él me abre las piernas, polla dura como piedra rozando mi muslo. ‘¿Lista?’, jadea. ‘Métemela ya, joder’. Empuja, entra de golpe, coño lleno, estirado. Grito ahogado, muerdo su hombro. Folla fuerte, culazos contra metal, clang-clang rítmico. ‘¡Más, cabrón!’. Sus manos aprietan mis tetas, pellizca pezones. Sudor gotea, olor a sexo crudo. ‘Tu coño aprieta como puta’. Oigo voces fuera, vecinos bajando escaleras. ‘¡Calla, nos oyen!’. Él acelera, huevos chocando, polla hinchándose. Me corro primero, temblores, jugos bajando piernas. Él gruñe, ‘Me vengo…’. Saca, chorros calientes en mi tripa, salpicando suelo.

Ascensor para. Nos subimos ropa a toda prisa, risas nerviosas. ‘Ha sido… intenso’, dice limpiándose. Salimos, piernas flojas.

Al día siguiente, pasillo. Él sale de su puerta, yo de la mía. Miradas cómplices, sonrisas. ‘Buenos días, vecina’. ‘Buenos días… ¿entrenamos hoy?’. Guiño. El ascensor nos espera, secreto quemando. Cada crujido de puerta me moja ahora.

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