Ay, chicas, no os imagináis lo que me pasó el otro día con el vecino del 4ºB, Juan. Tengo 44 años, madre de Damien, un chaval de 20 que anda en la uni. Vivo en este bloque viejo donde se oyen todos los gemidos y pasos. La luz del atardecer filtra por las persianas mal cerradas, y esa tarde… vi algo que me dejó temblando.

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Estaba en mi balcón fumando un cigarro, aire fresco rozándome la piel sudada del calor. Oí risas y jadeos del piso de enfrente. Los stores entreabiertos, como siempre. Me asomé un poco, curiosa. Allí estaba Juan, ese madurito de unos 50, musculoso pero con barriguita, follando con dos chicas jóvenes. Una rubia tetona montándolo, la otra chupándosela al lado. Mi hijo Damien… no, joder, no entraba en eso, pero estaba ahí, tocándose. Me hervía la sangre de rabia y… puta madre, entre las piernas me picaba.

La mirada indiscreta y la bronca en la puerta

No pude más. Bajé furiosa, tacones resonando en el pasillo estrecho. Golpeé su puerta. Abrió en bata, sudado, olor a sexo flotando. ‘¡Pederasta de mierda! ¿Qué coño haces con mi hijo?’, le grité. Él, calmado, ‘Entra, Ester, hablemos’. Dudé, pero pasé. Café en mano, me contó que era música y tonterías juveniles. Su mirada… uf, me desnudaba. Yo sentada en el sofá, piernas cruzadas, falda subiendo. Él cerca, rodilla rozando la mía. Silencio pesado. ‘¿Impotente? Ja, ese dildo en el suelo…’, dije señalando. Rió, ‘Prueba de las chicas’. Tension subiendo, pezones duros bajo la blusa.

Al día siguiente, ascensor. Compartido, viejo, crujiente. Entramos solos. Puerta cierra con ese clac metálico. Miradas. ‘Ayer… no pude dejar de pensar en ti’, murmura él, voz ronca. Me arrincona contra la pared fría. ‘Cállate’, susurro, pero mi mano ya en su pecho. Beso brutal, lenguas chocando, saliva mezclada. Sus manos bajan mi cremallera, blusa abierta, sujetador al suelo. ‘Tus tetas… joder, perfectas’, gruñe mamándome un pezón. Gimo bajito, ‘Shh, nos oirán los del bloque’. Pero follar prohibido me moja el coño.

El polvo salvaje y el secreto del pasillo

Manos en mi culo, falda arriba. Bragas a un lado, dedos dentro. ‘Estás empapada, puta vecina’. ‘Fóllame ya’, jadeo. Baja pantalón, polla dura, gorda, venosa. Me gira, cara a los botones del ascensor. Empuja, entra de golpe. ‘¡Ahhh! Lento…’, pero miente mi cuerpo, cadera atrás. Follada fuerte, plaf plaf contra mis nalgas. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, dice al oído, mordiéndome el lóbulo. Yo me corro primero, temblando, mordiendo mi labio para no chillar. Él acelera, ‘Me voy a correr dentro’. ‘Sí, lléname’. Chorros calientes, goteando piernas.

Ascensor para en 2º, paramos jadeando. Arreglándonos rápido. Salimos fingiendo normalidad. Él guiña ojo.

Al día siguiente, pasillo. Nuestros ojos cruzan, sonrisas sucias. ‘Buen día, Ester’, dice bajito, rozándome al pasar. Siento su calor aún. Damien pregunta qué me pasa, sonrojada. Secreto nuestro, frisson eterno. Quién sabe qué pasará la próxima vez en el balcón…

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