Ay, chica, no sabes lo que me pasó hace unos días con la vecina del quinto. La vi por primera vez desde mi balcón, tarde de verano, con esa luz naranja filtrándose por las persianas. Estaba en el suyo, estirándose después de correr, sudada, la camiseta pegada al cuerpo mostrando esos pechos firmes. Me quedé mirando, hipnotizada, el corazón latiéndome fuerte. ¿Me vio? No sé, pero desde entonces, cada cruce en el pasillo era fuego.

Un día, en el ascensor. Entramos las dos solas, el aire cargado, oliendo a su perfume mezclado con sudor fresco. ‘Hola’, dije, voz temblorosa. Ella sonrió, ojos clavados en los míos, ‘Qué calor hace, ¿no?’. Su mano rozó la mía al apretar el botón. Sentí un escalofrío, el coño ya húmedo. Paramos en su piso, pero no salió. Se giró, cerca, demasiado cerca. ‘¿Quieres subir un rato?’, susurró, aliento caliente en mi cuello. Dudé, el ascensor pitando. ‘Sí… joder, sí’.

La mirada que lo empezó todo

Subimos a su piso, puerta cerrada con llave, pero el pasillo silencioso, cualquier vecino podía oír. Nos besamos como locas, lenguas enredadas, manos por todas partes. La empujé contra la pared, le subí la falda, palpando su tanga empapada. ‘Estás chorreando’, le dije, riendo bajito. Ella gimió, ‘Cállate y fóllame’. Le arranqué las bragas, dedos directos a su coño rasurado, resbaladizo, introduciéndolos hondo mientras la besaba el cuello. Olía a sexo, a deseo prohibido.

La tiré al sofá, cerca de la ventana abierta, riesgo de que alguien mirara desde enfrente. Le abrí las piernas, lengua en su clítoris hinchado, lamiendo lento al principio, saboreando su jugo salado. ‘¡Dios, sí, así!’, jadeaba ella, mordiéndose el labio para no gritar. Metí dos dedos, curvándolos contra su punto G, bombeando rápido. Su coño chasqueaba, mojado, el sonido eco en el piso. Me miró, ojos vidriosos, ‘Ahora tú’. Me puso de rodillas, falda arriba, culazo al aire. Su lengua en mi raja, chupando fuerte mi clítoris, dedos en mi culo apretado. ‘Vas a correrme, puta’, gemí, temblando.

El polvo salvaje y el secreto compartido

Cambié de postura, 69 en el suelo, coños en la cara mutuamente. Lamía su ano mientras ella me follaba con la lengua, profundas embestidas. ‘¡Córrete en mi boca!’, le ordené, y explotó, chorro caliente en mi cara, cuerpo convulsionando. Yo la seguí, orgasmos brutales, grititos ahogados por miedo a los vecinos. Sudadas, pegajosas, nos frotamos los coños hasta el final, clítoris rozando clítoris, placer eléctrico.

Después, tumbadas, respirando agitadas, risas nerviosas. ‘Esto no puede repetirse… o sí’, dijo ella, acariciándome el pelo. Nos vestimos rápido, besos robados. Salí flotando, piernas flojas.

Al día siguiente, pasillo. Nos cruzamos, ella con la compra, yo bajando la basura. Sonrisa cómplice, guiño. ‘Buen día’, murmuró, voz ronca. Sentí el calor subir otra vez. Ese secreto nos une, frágil, ardiente. ¿Repetimos? El ascensor espera.

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