Ay, chicas, os cuento esto como si acabara de pasar, porque el calor aún me quema entre las piernas. Vivo en un edificio viejo del centro, paredes finas, ruidos que se cuelan por todas partes. Al lado, el padre Manuel, un cura atípico, ex obrero, con pinta de rugbyista, fuma puros y tutéame como si nada. Yo, Mari, devota de misa diaria, pero con un fuego dentro que no apago ni con rezos. Le echo una mano con la casa, plancho sus sotanas, preparo cenas. Todo inocente, ¿eh?

Una mañana, entro en su piso a abrir persianas, café listo. Resbalo en la cocina fría, ¡pum!, me desmayo. Despierto con él inclinándose, pulsándome la muñeca. Llega el médico del barrio, me suben al sofá. Al moverme, se me abre la blusa… y ven las marcas en mi espalda. Zarpazos rojos, algunos frescos, sueltos. Me flagelaba yo sola, noches enteras, por verlo desnudo en la ducha. Puerta entreabierta, agua cayendo, su polla gorda colgando, venas marcadas. Me tocaba el coño pensando en eso, luego me castigaba con el cinturón. Vergüenza mortal.

La tensión subiendo en el viejo ascensor

El doc pregunta si duermo, receta pastillas. ‘Descansa, Mari, o te matas’. Pero yo, ‘el padre me necesita’. Se van, él me pilla limpiando. ‘Vete a casa’. ‘No’. Insisto. Días así, cenas juntos, él sirviendo vino de su bodega. Una noche, botella buena, me pongo alegre. ‘Mari, ¿por qué te haces eso?’. TiemBlo. ‘Auto-flagelación, masoquismo’. Bebo más, voz ronca. ‘¿Por qué, Mari? ¿Qué pecado?’. Silencio. ‘Pensamientos sucios… deseos’. Me mira fijo. ‘La carne es débil, yo también tengo’. Confieso: ‘Es por ti, padre. Te vi desnudo, tu verga enorme… me corro pensando en follarte’.

Sus ojos brillan. Me agarra los hombros. ‘¿Y si te follo yo?’. Corazón a mil. Lágrimas. ‘Imposible, eres cura’. Me besa el cuello, mano en mi teta. ‘Calla’. Esa noche, nada más. Pero al día siguiente, ascensor compartido. Puertas cierran, crujido viejo, luz parpadeante. ‘Mari…’, susurra. Pego mi cuerpo al suyo, huelo su jabón mezclado con sudor. ‘No podemos…’, digo, pero mi mano ya en su paquete. Duro como piedra. ‘Sí podemos’. Nos besamos salvajes, lenguas chocando, saliva. Bajamos mi falda, él saca la polla: gruesa, venosa, cabeza morada. ‘Chúpala’, ordena. Me arrodillo en el suelo sucio, ruido de cables arriba-abajo. La embucho, gimo, baba chorreando. ‘Joder, qué puta eres’.

El polvo brutal y el secreto ardiente

Ascensor para en mi piso. Entro, él detrás, puerta cierra. Contra la pared del pasillo estrecho, luz filtrando por la mirilla del vecino. Me rompe las bragas, dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, viciosa’. ‘Fóllame ya, por Dios’. Me da la vuelta, culazo al aire, me clava la verga de un empujón. ¡Aaaah! Duele y mola, llena todo. Golpes secos, plaf plaf, tetas botando. ‘Cállate o nos oyen’, gruñe, tapándome la boca. Pero gimo fuerte, placer prohibido. Oigo pasos en el pasillo, ¡mierda!, corazón loco. Él acelera, huevos chocando mi culo. ‘Me corro dentro’, jadea. Calor explotando, yo tiemblo, coño apretando su leche. Chorros calientes, piernas flojas.

Caemos jadeando. Se sube pantalones, beso rápido. ‘Mañana, más’. Puerta cierra. Al día siguiente, pasillo. Cruce de miradas, sonrisa sucia. ‘Buenos días, padre’. ‘Buenos días, Mari… descansa’. Susurro: ‘Anoche no dormí’. Risa cómplice. Ahora, cada ascensor es ruleta: ¿subimos o follamos? Secretos calientes, vecinos ciegos, pero yo vivo al límite, coño palpitando por más.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *