Estaba en mi balcón la otra noche, el aire fresco me ponía la piel de gallina, fumando un piti mientras oía pasos lejanos en el pasillo del edificio. Miré de reojo al balcón de al lado, los stores mal echados dejaban filtrar una luz tenue, amarillenta. Sombras moviéndose. Joder, era Sofia, la chica joven del 4ºB, esa estudiante en prácticas que se mudó hace un mes con su amiga Isabel. Se besaban como posesas, manos metidas por debajo de las camisetas, pechos al aire. Oí gemidos ahogados, suaves, el roce de piel contra piel. Mi coño se humedeció solo de verlas, el clítoris palpitando. Me quedé ahí, paralizada, tocándome disimuladamente hasta que apagaron la luz.

Al día siguiente, coincidimos en el ascensor. Ella sola, con esa falda corta que deja ver sus muslos firmes. ‘Hola Lola, ¿qué tal?’, me dijo con una sonrisa pícara, como si supiera algo. Nuestros cuerpos se rozaron al entrar, el calor de su piel contra la mía. ‘Anoche… oí ruidos raros en tu piso’, solté, probando. Se mordió el labio, bajó la mirada. ‘¿Sí? A veces nos… descontrolamos con Isabel’. El ascensor pitó en su planta. Sus ojos fijos en los míos, el aire cargado. ‘Sube un rato, ¿quieres ver de cerca?’, susurró, cogiéndome la mano. El corazón me latía fuerte, el peligro de los vecinos en los pasillos me ponía a mil. Asentí, entramos en su piso.

La mirada indiscreta y la chispa en el ascensor

La puerta se cerró con un clic seco. No dijimos nada, solo nos miramos. La empujé contra la pared del pasillo, besándola con hambre. Sus labios carnosos, lengua juguetona enredándose con la mía. ‘Shh, que nos oigan los del bajo’, murmuró entre jadeos, pero sus manos ya me quitaban la blusa, pellizcando mis tetas duras. La llevé al sofá, le arranqué la falda. Su coño depilado, ya chorreando, labios hinchados. ‘Me has visto anoche, ¿verdad? Con Isabel… nos comimos los coños hasta corrernos’. La penetré con dos dedos, curvándolos contra su punto G, mientras lamía su clítoris erecto, saboreando su jugo salado. Gimió fuerte, ‘¡Joder, Lola, más fuerte!’. Le metí un tercero, follándola con la mano, el sonido chap-chap llenando la habitación. Ella me abrió las piernas, su lengua en mi raja, chupando mi ano mientras me masturbaba el clítoris con los dedos. ‘Tu culo es perfecto, quiero metértela’. Sacó un dildo grueso del cajón, negro y venoso. Me lo metió en la boca primero, ‘Chúpalo como una polla’. Lo succioné, babeando, luego me lo clavó en el coño de un empujón, follándome salvaje. Yo la devoraba el clítoris, metiendo un dedo en su culito apretado, otro en el coño. ‘¡Me corro, hostia!’, gritó ella, pero tapándose la boca, el miedo a los vecinos la excitaba más. Su orgasmo me salpicó la cara, yo exploté con el dildo hondo, temblando.

El polvo brutal y el secreto del pasillo

Caímos jadeando, sudadas, oliendo a sexo. ‘Isabel llega en una hora, pero esto queda entre nosotras’, dijo riendo bajito. Nos vestimos rápido, besos robados.

Al día siguiente, en el pasillo, camino al trabajo. Nos cruzamos, ella con la bolsa de basura. Nuestras miradas se encontraron, esa sonrisa cómplice, el rubor subiéndole las mejillas. ‘Buenos días, vecina’, le dije guiñando un ojo. Pasó rozándome el culo disimuladamente. ‘Hasta pronto… en el ascensor’. El secreto quema, cada paso en el pasillo ahora es una promesa. No puedo esperar a la próxima.

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