¡Dios, qué guapa es mi vecina del quinto! Llevamos un año viviendo en el mismo bloque y siempre charlamos en el pasillo. Es una morena de veinticuatro, ojos marrones, pelo liso hasta los hombros. Cuerpo delgado, tetas pequeñas pero firmes. A veces jeans ajustados que marcan su culito redondo… o faldas cortas que dejan ver esas piernas largas. Sueño con ella, joder, sueños muy calientes. Pero nunca se lo dije.
Hoy subí a su piso a pedirle azúcar, pretextito tonto. Llamé, abrió sonriendo. Llevaba blusa blanca, sujetador asomando, y una minifalda blanca diminuta. El corazón me latió fuerte.
La mirada accidental que lo cambió todo
—Hola, ¿qué tal? —dijo, voz suave.
—Bien, ¿tienes azúcar? Me quedé sin.
Entré. Se agachó en la cocina a buscar en un armario bajo. La falda se levantó… y vi su tanga blanca. Solo dos hilos, uno horizontal, otro vertical entre sus nalgas. Una florita blanca en la unión. Me quedé clavada, excitada. Un minuto así, el pasillo silencioso, solo oía su respiración y mis latidos. Agarré un post-it de la mesa, garabateé: ‘Tu tanga es preciosa’. Lo metí bajo su teclado. La cabeza me daba vueltas.
Encontró el azúcar, me lo dio sonriendo.
—Gracias, guapa.
—¿Por todo? —rió, extrañada.
—Eh, sí… por ayudar.
Salí temblando, pensando en esa tanga. Terminé mis cosas rápido y volví a devolver el azúcar. Puerta cerrada. ‘Mierda’, pensé. Oí la llave… abrió.
—Ah, eres tú…
—Vengo a devolverlo. ¿Te molesto?
—No, pasa —dijo, voz rara, dedos brillantes. ¿Masturbándose?
Se agachó otra vez. Nada, falda tapaba. Miré la mesa: post-it desaparecido. Me senté, nerviosa.
—¿Café? —preguntó.
—Sí, por favor.
Preparó, se sentó enfrente. Luz filtrando por las persianas, aire fresco del balcón abierto.
—Toma. Pareces… agitada.
—Acabé todo. ¿Y tú?
—Fin de tarde. Relájate.
Sonreí. Ella rió bajito. Pasos en el pasillo de fuera, nos callamos un segundo, el peligro de vecinos cerca me puso cachonda.
—Mira, encontré esto —dijo, enseñando el post-it—. ‘Tu tanga es preciosa’. ¿Alguna idea?
—Eh… no sé. —Me ruboricé.
—Decidí que fuiste tú.
—¿Y? ¿Galleta?
—Depende… ¿De verdad te gusta?
El clímax prohibido y el secreto compartido
—Sí… es sexy. Como tú.
Sonó su móvil. Contestó sin levantarse, pierna derecha abierta, falda tensa. Miré… joder, sin tanga. Su coño a la vista, labios delgados, poquitos pelos nuevos. Me miró, sonrió hablando. Abrió la izquierda, levantó falda un poco. El pulso me martilleaba. Oía voces lejanas en el bloque.
Colgó, voz temblorosa:
—Cierra la puerta.
La cerré, piernas flojas. Volví: falda en cintura, muslos abiertos, coño expuesto. Labios mayores abiertos, menores húmedos, clítoris hinchado.
—¿Mejor sin tanga?
—Increíble… —susurré.
Levantó piernas, rodillas dobladas. Coño total abierto, gotita de jugo abajo. Un lunar cerca del labio derecho.
—Acércate…
Me acerqué, olía a excitación. Recogí la gota con dedo, masajeé su clítoris. Parpadeó.
—Sí… cómetelo.
Saqué lengua, lamí suave. Tembló.
—Lámeme el coño, está mojado para ti.
Chupé, círculos en clítoris, sorbí jugos. Cara enterrada, olor dulce-salado. Oía sus gemidos ahogados, pasos fuera… terror y morbo. Retiré cabeza, pulgares abriendo labios. Vagina inundada.
—Abre más, quiero que lo veas todo. Me mojo pensándolo desde hace tiempo.
Abrí, sorbí río de cyprine. Dedos dentro, paredes rosas contrayéndose. Ella masajeaba clítoris furiosa.
—Me corro… mira.
Respiración agitada, dedos volando, vagina pulsando. ¡Pum! Cara roja, cadera temblando, chorro de jugo por raja culo. Abrí todo, vi contracciones. Lamí limpio, salado, hasta última gota.
Bajó falda, normal.
—Perdón… no sé qué me pasó.
—Tranquila, secreto nuestro.
—Fue brutal. Gracias, voyeur.
Reímos. Otro café. Salí, noté: sin tanga.
Al día siguiente, pasillo. Cruce ojos, sonrisa cómplice. Pasos eco, secreto quemando. Sin palabras, pero su falda… ¿sin nada debajo? El bloque nunca fue igual.