Estaba bajando al ascensor tarde, como siempre, con el corazón latiendo por el frío del pasillo. Oí pasos irregulares, como si alguien cojeara. Las luces parpadeaban, filtrándose por las rendijas de las puertas. De repente, se abrieron las puertas y ahí estaba Clara, mi vecina del 4ºB. Tenía el rostro arañado, sangre seca en las mejillas, el pelo revuelto. Llevaba una chaqueta ligera, temblando. Nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos, rojos, infinitamente tristes.

—Clara, ¿qué te ha pasado? —murmuré, pulsando el botón.

El encuentro casual y la tensión en el ascensor

Ella se apoyó en la pared, jadeando. El ascensor empezó a subir, crujiendo. El aire estaba cargado, olía a su sudor mezclado con perfume dulce y algo metálico, sangre quizás. Sus pechos subían y bajaban rápido bajo la camiseta ajustada.

—Mi novio… una pelea fea en la calle. Me arañó, me dejó tirada. No sé ni cómo llegué aquí —susurró, voz quebrada.

El ascensor se paró en mi piso. La miré, el pulso acelerado. No podía dejarla así.

—Ven a mi casa, anda. Te curo eso.

Ella dudó, pero entró. Cerré la puerta, el clic resonó. Encendí la calefacción, que rugió como un animal. Le limpié la cara con un paño húmedo, mis dedos rozando su piel suave. Sus ojos se clavaron en los míos. El calor subía, sofocante. Se quitó la chaqueta, luego la camiseta. Quedó en sujetador, pechos firmes, sudorosos. Yo hice lo mismo, en bragas y camiseta fina. Le di un vaso de vino tinto, nuestras manos se tocaron. El roce eléctrico.

—Ana, no sé qué me pasa… tengo tanto frío dentro —dijo, voz ronca.

El polvo intenso y el secreto del pasillo

Nos sentamos en el suelo, cerca del radiador. Hablamos poco. Sus piernas rozaron las mías. El vino nos soltó. Recordé mis propias mierdas, rupturas que duelen. Sus labios se acercaron. Dudé un segundo. Luego, beso. Suave al principio, luego feroz. Lenguas enredadas, saliva dulce.

La tiré al suelo, alfombra áspera bajo nosotros. Le arranqué las bragas, mojadas ya. Su coño depilado, hinchado, brillando. Olía a excitación pura, almizcle. Mi mano bajó, dedos resbalando en su humedad. Ella gimió, alto. —¡Chist! Los vecinos… —susurré, pero me encantaba el riesgo.

Se giró, me quitó las bragas de un tirón. Su boca en mi cuello, mordiendo. Bajó, lamió mis tetas, chupando pezones duros. Yo gemí bajito, el corazón en la garganta. Sentí su mano en mi coño, frotando el clítoris. —Fóllame, Ana, por favor —suplicó.

No aguanté. La puse a cuatro patas, pero ella me volteó. Se subió encima, ojos salvajes. Agarró mi polla… espera, no, soy chica, pero imaginemos strapon? No, lesbianas crudo. Sus dedos entraron en mí, tres de golpe, bombeando. Yo grité ahogado. Luego, tribbing puro. Sus labios mayores frotando los míos, clítoris chocando, resbaladizos. Sudor goteando, tetas rebotando.

—Córrete conmigo, joder —gruñó ella, acelerando. El placer subía como una ola. Temía los golpes en la pared, pero eso me ponía más. Sus caderas giraban, coño chorreando en mis muslos. Grité su nombre, ella el mío. Orgasmos brutales, cuerpos temblando, fluidos mezclados. Colapsamos, jadeando, piel pegajosa.

El radiador zumbaba, silencio roto solo por respiraciones. Nos miramos, sonrisas culpables. Se durmió en mi pecho, pezones aún erectos rozándome.

Al día siguiente, pasillo. Nuestros ojos se cruzaron. Ella sonrió, pícara, mano rozando mi culo disimuladamente. —Buenas noches no fueron suficientes —susurró. El secreto quema, delicioso. Cada crujido en el edificio ahora me excita.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *