Vivo en un viejo bloque de apartamentos en las afueras de Nantes. Mi vecina del piso de al lado, Marie, es una mujer de unos cincuenta, sola, con el rostro marcado por un accidente antiguo. Cicatrices que tiran de la piel, un mentón doble, pero… joder, su cuerpo. La vi una noche por casualidad. La luz de su salón filtraba a través de las persianas mal cerradas. Estaba en el sofá, con una bata entreabierta, tocándose. Sus tetas enormes colgaban, pezones duros como piedras. El vientre redondo temblaba mientras se metía los dedos en el coño, gimiendo bajito. El aire olía a jazmín del pasillo. Me quedé clavada, polla… no, coño mojado al instante. El riesgo de que me viera me ponía a mil.
Al día siguiente, en el ascensor. Entró jadeando, cargada de bolsas del súper. ‘Hola, vecina’, murmuró con esa voz suave, casi tímida. Sus caderas rozaron las mías. El espacio era estrecho, olía a su sudor mezclado con perfume barato. Sus pechos me apretaban el brazo. ‘Hace calor aquí, ¿eh?’, dije, tragando saliva. Ella sonrió, torciendo la boca por las cicatrices. ‘Sí, y tú estás… cerca’. Sus ojos bajaron a mi escote. El ascensor pitó en el quinto. Se paró entre pisos. ‘Mierda’, susurró. Nuestras manos se tocaron. La barrera saltó. La besé, dura, lengua dentro. Ella gimió: ‘Joder, sí… pero los vecinos…’. La pared vibró con el motor. Le subí la falda, palpé su culo enorme, carne blanda y caliente.
La mirada furtiva y la tensión en el ascensor
La arrastré a su piso, puerta entreabierta. ‘No enciendas la luz’, jadeó. Nos tiramos en su cama deshecha. Le arranqué la blusa: tetas flácidas pero gordas, pezones morados y erectos. Chupé uno, mordí. ‘¡Ay, coño!’, gritó, pero tapándose la boca. Miedo a los vecinos de abajo. Le bajé las bragas empapadas. Su coño peludo, labios hinchados, olor fuerte a hembra. ‘Lámeme’, suplicó. Me arrodillé, lengua en su clítoris, succionando jugos salados. Ella se retorcía, el colchón crujía. ‘Fóllame ya, por favor…’. Saqué mi consolador del bolso –siempre llevo uno para estas sorpresas–. Grueso, venoso. Se lo metí de un golpe. ‘¡Dios, qué grande!’, aulló. La polla falsa entraba y salía, chapoteando en su chocho chorreante. Cambiamos: ella encima, cabalgando, barriga rebotando contra mi cara. Sudor goteaba, sus gemidos subían: ‘¡Me corro, joder!’. Yo también, dedos en mi coño, orgasmos sincronizados. El vecinos del lado golpeó la pared: ‘¡Basta ya!’. Nos reímos, follamos más fuerte. Le metí dos dedos en el culo mientras la empalaba. ‘¡Sí, ahí, puta!’, gruñí. Eyaculó squirt, mojando las sábanas.
Al amanecer, agotadas. Me besó suave: ‘Vuelve cuando quieras, el riesgo mola’. Salí sigilosa. En el pasillo, cruce de miradas con ella al bajar la basura. Sonrisa cómplice, mejilla sonrojada. ‘Buen día, vecina’, dijo bajito, guiñando. Su mano rozó mi culo disimuladamente. El ascensor llegó, puertas cerrándose sobre nuestro secreto. Aún siento su sabor, el miedo delicioso. Mañana… quién sabe.