Hoy he llegado a casa antes de lo normal. Reunión cancelada, qué suerte. Vivo en un edificio viejo, paredes finas, se oye todo. Abro la puerta del piso y… gimiendo. Del apartamento de al lado, el 4B. Mi vecino Raúl, soltero, guapo, siempre con chicas. Pero esto… sonaba diferente. Pasos en el pasillo, el ascensor zumbando abajo. Me quito los tacones para no hacer ruido, me acerco a la pared. ‘¡Sí, métemela más!’ Voz aguda, masculina pero no. Curiosa, me asomo al balcón. La cortina entreabierta del suyo deja ver: Raúl de rodillas, agarrando unas caderas estrechas, piel morena. Un culito perfecto, en levrette. Cabello corto, cuerpo delgado, ¿chico o chica? La luz del atardecer filtra por las persianas, sombras bailando.

No puedo apartar la mirada. Su polla entra y sale de ese ano oscuro, dilatado. Brillante de saliva o lo que sea. Se mueven con ritmo, expertos. Mi tanga se moja sola, el corazón latiendo fuerte. ¿Y si me pillan? El riesgo me excita más. Raúl gime, se retira, la figura se gira. ¡Es una chica! Andróginos, tetas pequeñas, pezones oscuros. Pelo al rape, ojos grandes con rímel corrido, pecas. Se la menea, leche caliente salpicando su vientre plano. Se besan, ella gira la cabeza… me ve. Pánico en sus ojos, pero Raúl la calma.

El encuentro inesperado en el pasillo

Oigo la puerta de ellos. Salgo al pasillo, fingiendo casual. ‘¡Hola!’ dice ella, envuelta en una bata fina, ruborizada. Se llama Lila, novia secreta de Raúl. Él sale corriendo a entrenar, nos deja solas. ‘Perdona, no quería espiar… pero qué espectáculo’. Le sonrío, toco su hombro desnudo. Piel suave, cálida. ‘Entra, tómate algo’, le digo. El aire del pasillo huele a sexo. Entramos en mi piso, puerta entreabierta. Tensión eléctrica. Nos miramos en el espejo del salón. ‘¿Quieres un cigarro?’, pregunto. Le paso el mío, aspira hondo, el humo sale lento. Su bata se abre un poco, coñito con vello recortado, labios hinchados.

‘¿De dónde eres?’, le pregunto, sentándome cerca en el sofá. ‘De un sitio donde las chicas como yo no follamos antes del matrimonio’, ríe nerviosa. ‘Raúl solo me come el culo’. Mis pezones se endurecen bajo la blusa. ‘¿Quieres ver?’, susurra. Abre las piernas. Hymen intacto, pero ano abierto. Meto un dedo, suave. Gime bajito. ‘Shh, que nos oigan los del piso de abajo’. Nos besamos, lenguas calientes, mezcla de tabaco y deseo. Le como el clítoris, chupo fuerte. Eyacula en mi boca, dulce.

El clímax prohibido y el secreto compartido

Se pone encima, me arranca la ropa. Solo quedo en medias y tacones. ‘Qué puta familia de vecinos’, dice riendo. Me chupa las tetas, muerde pezones. Manos en mi coño depilado, liso. ‘Qué caliente estás’. Tres dedos dentro, me folla duro. Gimo, tapándome la boca. ‘¡Más, joder!’. Sesenta y nueve en el sofá crujiente. Le meto dos dedos en el culo, lubricado solo. ‘¡Fóllame el ano, Carmen!’. Añado el tercero, la abro. Ella me mete cuatro en el coño, luego un dedo en mi culo. ‘¡Voy a correrme!’. Chorros en su cara, ella tiembla, ano apretándome los dedos. Sudorosas, pegajosas, nos corremos gritando bajito, oyendo pasos en el pasillo.

Despertamos enredadas, olor a sexo impregnado. Se va antes que Raúl vuelva. Al día siguiente, en el ascensor, solos un segundo. Sonrisa cómplice, mano rozando mi culo. ‘Nuestro secreto’, susurra. El ding del ascensor, vecinos entrando. Corazón acelerado, tanga mojada otra vez. El edificio nunca fue tan excitante.

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