Estaba en la lavandería del sótano, sola, hundida en un sillón raído con los pies en un puff viejo. Leía tranquila, el zumbido de las lavadoras de fondo, el aire fresco y húmedo pegándose a la piel. Oí pasos en la escalera, pesados, como bolsas chocando. Era Andrea, la americana del 4ºB, rubia, tetas firmes, culo que volvía loco al edificio. Bajaba con sus cosas para lavar, nos cruzamos la mirada. Estábamos solas, el ascensor chirrió arriba pero vacío.

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Ella dejó las bolsas y me sonrió, un poco nerviosa, volvió a su libro. Pero yo la deseaba desde que la pillé mirando cuando lamía el coño de Marianne en el balcón. Me acerqué, puse las manos en la estantería junto a la ventana empañada, giré el culo hacia ella. Lentamente, me moví, subí a puntillas, el bassin ondulando. En el reflejo del cristal sucio, vi sus ojos clavados en mis nalgas, mordiéndose el labio. No podía quedarme eternamente, me giré, me senté cerca, rozando su muslo.

La tensión sube en la lavandería compartida

—¿Por qué no follas con tías? —solté de golpe, el corazón latiendo fuerte.

Se puso roja, giró la cara. —Yo… no sé. No me ponen.

Puse la mano suave en su pierna. —¿Ah sí? Parecías cachonda cuando Marianne y yo nos corríamos mutuamente.

Calló, rosada, recordando. —Les falta… la polla de un hombre. Esa fuerza bruta.

—Hay dedos, lengua… —insistí, subiendo la mano.

—Pero una polla dura, que te domine.

Mis ojos brillaron. —¿Si tuviera polla me chuparías?

Titubeó, excitada. —Sí… me pondrías.

La besé, suave, caliente. Abrió la boca, lenguas enredadas. Mi mano en su teta, la noté arquearse. Me aparté. —Levántate.

Obedeció, delante de mí. —Quítate la ropa.

Follada brutal y el secreto del pasillo

Desabotonó la blusa, quitó pantalón, sin bragas, coño depilado brillando. La ayudé a bajar el pantalón, acariciando rodillas, muslos. —El top.

Se lo sacó, tetas libres. Metí dedo en su coño húmedo, vaivén rápido, otra mano en culo. Chupé mi dedo, lo pasé por el ano, empujé. Gemía bajito, el eco en el sótano. Dos dedos en coño, lengua en clítoris, la hice correrse gritando seco, cabeza atrás.

—Quítame la ropa —ordené.

Lo hizo torpe, rodillas en suelo ante mi coño en tanga roja. Me la quitó, lamí su boca con mi saliva mezclada. La hice sentarse, traje mi bolsa del cuarto. Saqué cuerdas, strap-on.

De rodillas, le comí el coño, dedos dentro, lengua en clítoris. —Más rápido —jadeó. Dos dedos, la corrí, jugos en mi barbilla.

La até manos atrás a una tubería gruesa. Gode veinado contra su coño. —Dime que lo quieres.

—Fóllame —suplicó.

Entré de golpe, hasta el fondo, tetas contra tetas. La pistoneé fuerte, chupando pezones. Se corrió temblando, pierna en mi cintura. La até de nuevo, a cuatro patas, culo alto. Escupí en ano, gode lubricado entró lento, luego brutal. La f ollé el culo sin parar, oí voces arriba, ascensor zumbando, el riesgo nos volvía locas. Gritó al correrse, coño chorreando, yo me corrí viéndola.

La desaté, nos abrazamos sudorosas, coños pegados. Subimos calladas, agotadas.

Al día siguiente, en el pasillo angosto, luz filtrando por la claraboya. Pasos lejanos. Nuestras miradas se cruzaron, sonrisa cómplice, calor subiendo. Ella rozó mi mano, susurro: ‘Otra vez?’. El secreto quema, el edificio guarda nuestro polvo prohibido.

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