Hace unas semanas, estaba en mi balcón fumando un cigarro por la noche. El aire fresco me erizaba la piel. De repente, oí gemidos ahogados desde el piso de al lado. La luz filtraba por las persianas entreabiertas de mis vecinos del quinto. Me acerqué sigilosa, el corazón latiéndome fuerte. Allí estaba ella, Laura, la morena voluptuosa con tetas enormes y culo redondo, montando a su novio Pablo como una loca. Sus caderas subían y bajaban sobre esa polla gruesa, sudando, gimiendo ‘¡Sí, joder, más profundo!’ Él la agarraba las nalgas, gruñendo. Me mojé al instante, tocándome disimuladamente el coño por encima del pantalón. El peligro de que me pillaran me ponía a mil.

Al día siguiente, en el ascensor, nos cruzamos. Laura con su escote profundo, Pablo alto y musculoso. ‘Buenas’, dije con sonrisa pícara, recordando la escena. El ascensor era estrecho, olía a su perfume mezclado con mi excitación. Nuestros cuerpos se rozaban. ‘¿Visteis el balcón anoche? Parecía una película porno’, soltó Laura riendo, mirándome fijo. Pablo se sonrojó, pero su polla se marcaba en los pantalones. ‘Subid a casa, tengo vino’, propuse, el pulso acelerado. Subieron. En mi salón, luces tenues, pusimos una peli. Yo en medio del sofá, flanqueada por ellos. El vino corría, las risas se volvían coquetas. Sentí la mano de Laura en mi muslo, subiendo lenta. ‘¿Te gustó lo que viste?’, susurró. La barrera cayó. Nos besamos, sus lenguas jugosas, mientras Pablo nos miraba cachondo.

La mirada voyeur desde el balcón y el ascensor cargado de tensión

De golpe, todo explotó. Laura me abrió la blusa, chupándome los pezones duros. ‘Qué tetas tan ricas’, murmuró. Yo le bajé los pantalones a Pablo, su polla saltó tiesa, venosa, goteando precum. ‘Mámamela, puta’, me ordenó él, agarrándome el pelo. La tragué entera, garganta profunda, mientras Laura me metía dedos en el coño empapado. ‘Estás chorreando, zorra voyeur’, dijo ella riendo. El sofá crujía, gemidos altos. ‘¡Calla, que nos oyen los del cuarto!’, siseé excitada, pero no paré. Me puse a cuatro, Pablo me embistió el coño de un empujón brutal. ‘¡Joder, qué apretada!’, gruñó follando sin piedad, huevos chocando contra mi clítoris. Laura se sentó en mi cara, restregándome su coño peludo y jugoso. ‘Lámelo todo, lame mi culo también’. La devoré, lengua en su ano, sorbiendo sus fluidos salados. Sudor, olor a sexo fuerte, el miedo a los pasos en el pasillo nos volvía locos.

El sexo brutal en el sofá: pollas, coños y corridas sin frenos

Cambiamos. Laura mamaba la polla de Pablo, yo le comía el coño desde atrás, dedos en su ojete. ‘¡Me corro, cabrones!’, gritó él, sacándola y rociándonos las tetas de leche espesa y caliente. Nos lamimos mutuamente, tragando su corrida. Luego, Pablo me folló el culo despacio al principio, ‘¡Relájate, guarra!’, mientras Laura me frotaba el clítoris. Exploté en un orgasmo salvaje, chillando, piernas temblando. Ella se corrió después, squirteando en mi boca. Agotados, sudorosos, nos vestimos entre risas nerviosas.

Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Laura me guiñó el ojo, Pablo se ajustó la polla sonriendo. ‘Buen secreto, ¿eh?’, susurró ella pasando rozándome el culo. El ascensor pitó, subí con ellos, el aire cargado de promesas. Ese frisson del prohibido me tiene enganchada.

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