Hace unas semanas, un viernes lluvioso, estaba en mi balcón fumando un cigarro. El aire fresco me erizaba la piel, y de repente, oí gemidos ahogados del piso de enfrente. Javier, mi vecino del 4º, el estudiante guapo con esa mirada pícara, estaba con alguien. La luz filtraba por las persianas entreabiertas, vi siluetas moviéndose. Él la embestía contra la pared del salón, fuerte, rítmico. El sonido de carne chocando, sus jadeos… me mojé al instante. Sabía que tenía novia oficial, pero coño, aquello era puro fuego.

Al día siguiente, en el ascensor, coincidí con él y su ‘amiga’ Clara, la del 5º, siempre tan correcta, como una pareja de viejos. Estábamos apretados, el olor a su colonia me invadió. ‘Hola, Lola’, murmuró Javier, su mano rozó mi culo ‘sin querer’. Sentí su polla endureciéndose contra mí. Clara miró, sonrió leve. ‘Qué calor hace aquí, ¿no?’, dijo ella, voz temblorosa. Bajamos en silencio, pero en el pasillo, Javier susurró: ‘Ven esta noche a casa, Clara y yo… estudiamos tesis. Pero trae ganas’. Dudé, el corazón latiendo. ‘¿Y si nos oyen los demás vecinos?’, pregunté. Clara rió bajito: ‘Mejor, el riesgo mola’. La barrera cayó ahí, en ese pasillo mal iluminado.

La observación y la tensión en el ascensor

Entré en su piso a las 10, olor a pizza y vino. Bosqueamos un rato en la mesa, pero las miradas quemaban. Javier me tocó la pierna bajo la mesa, Clara vio y no dijo nada. ‘Chicas, solo hay una cama grande’, dijo él guiñando. Nos reímos nerviosos. En la cama, luces bajas, Javier en medio. De pronto, sentí su mano en mi coño por encima de las bragas. ‘Joder, estás empapada’, gruñó. Clara jadeó: ‘Yo también… os oí ayer por la pared’. Quitó su tanga, yo la mía. Sus dedos en mi clítoris, yo agarré la polla de Javier, dura como piedra.

No aguantamos. Javier me besó crudo, lengua dentro, mientras Clara le chupaba los huevos. ‘Fóllame ya’, le supliqué. Se puso entre mis piernas, su verga gruesa entró de golpe en mi coño chorreante. ‘¡Sí, así, cabrón!’, gemí bajito, temiendo los vecinos. Clara se frotaba mirándonos, ‘Dejadme probar’. Monté a Javier, su polla me llenaba, subía y bajaba, tetas botando. Clara lamió mis pezones, luego mi culo mientras follaba. Cambiamos: Javier embistió a Clara por detrás, yo debajo lamiéndole el clítoris. ‘¡Me corro, joder!’, gritó ella ahogada. Su coño se contrajo, yo metí dedos, él sacó la polla y me la clavó a mí, pistoneando salvaje. Oí pasos en el pasillo, ¡mierda, alguien pasaba! Nos callamos, pero él no paró, me folló más duro, su leche caliente llenándome el coño. ‘Traga el resto’, ordenó a Clara, que succionó su verga limpia, tragando todo.

El sexo intenso y el secreto compartido

Agotados, nos derrumbamos sudados. Repetimos al amanecer, yo chupando a Javier mientras Clara me comía el coño, lenguas expertas, orgasmos en cadena. Desayunamos desnudos, risas cómplices. ‘¿Repetimos?’, preguntó Clara sonrojada. ‘Claro, pero calladitas, que las paredes son finas’, dije.

Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Javier sonrió, rozó mi mano. Clara guiñó: ‘Buen secreto, ¿eh?’. El ascensor pitó, entramos solos un segundo. ‘Esta noche, mi piso’, susurró él. El frisson del prohibido me mojó otra vez. Vivo para esto.

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