Vivo en un viejo edificio en el centro, paredes finas, ecos de pasos en el pasillo a medianoche. Mis vecinos del quinto, Alex y Alain, dos tipos morenos, delgados, con ese rollo caribeño que me pone. Los he visto mil veces: bajando al gym, charlando en el balcón con cervezas. Siempre sonrientes, miradas que queman. Una noche, aburrida, subo una foto censurada a un sitio de adultos. Chateamos, audios calientes. ‘Venid esta noche’, les digo. Mi maridito está de viaje, perfecto para mi vicio de ser vista, de jugármela.
La luz del ascensor parpadea cuando entro con la bolsa de la compra. Alex está dentro, solo. ‘¡Ey, vecina!’, sonríe, ojos bajando por mi falda corta. El aire se carga, huele a su colonia fuerte. Subimos lento, el motor gime. Su mano roza mi cadera ‘por accidente’. ‘¿Qué tal el día?’, pregunto, voz temblorosa. Él se acerca, aliento caliente en mi cuello. ‘Mejor ahora’. Puerta se abre en mi piso, pero no salgo. Alain aparece en el pasillo, pasos pesados. ‘¡Coño, Lydia! ¿Eres tú la de las fotos?’, dice Alex, riendo nervioso.
La tensión que explotó en el ascensor compartido
Nos miramos, el corazón late fuerte. ‘Vivo aquí al lado’, balbuceo, excitada por el peligro. ‘Sabemos, te oímos gemir a veces’, confiesa Alain, bulto creciendo en sus pantalones. La puerta del ascensor se cierra sola, nos atrapa. Alex me empuja contra la pared, besos duros, lengua invadiendo. Alain cierra el pestillo de emergencia. ‘Shhh, no hagáis ruido, los vecinos…’, susurro, pero mis pezones duros piden más. Manos por todas partes: Alex aprieta mis tetas poire-shaped, Alain sube mi falda, dedos en mi coño ya mojado. ‘Estás chorreando, puta vecina’, gruñe.
Salimos al pasillo oscuro, luz filtrando por las rendijas de las puertas. Entro en mi piso, ellos detrás como lobos. Puerta cierra con clic. En el salón, luz tenue del balcón. Me arranco la ropa: lencería negra, tanga empapada. Alex me tumba en el sofá, polla dura saliendo, gorda, venosa. ‘Chúpala’, ordena. Me arrodillo, saliva goteando, la trago hasta la garganta, arcadas suaves. Alain detrás, me abre las nalgas, lengua en mi culo. ‘Qué ano apretado’, dice, metiendo dedo con saliva.
El clímax brutal y el secreto ardiente del día siguiente
Alex me monta primero, polla abriendo mi coño con un ‘plop’ húmedo. ‘¡Joder, qué prieta!’, gime, embistiendo fuerte, tetas botando. Alain lubrica su verga, me pone a cuatro. ‘Ahora el culo, vecinita’. Empuja, duele rico, me llena hasta el fondo. Grito bajito, mordiendo cojín, miedo a que el casero oiga los golpes carne contra carne. Sudor gotea, olores a sexo crudo: coño, sudor, pre-semen. Mi maridito me llama, ignoro. Cambio: yo encima de Alex, cabalgando, coño tragando su polla, Alain en mi boca. ‘Traga mi leche’, Alain eyacula primero, chorros calientes bajando garganta.
Alex me voltea, me folla misionero, piernas en hombros, coño chapoteando. ‘Me corro dentro, ¿ok?’, jadea. ‘Sí, lléname, cabrón’. Explosiona, semen caliente inundando, desbordando. Alain vuelve, me come el coño lleno de corrida, lengua sorbiendo. Yo reviento en orgasmo, temblores, uñas clavadas en su espalda. Cuerpos pegajosos, gemidos ahogados por el placer del riesgo: ¿y si alguien llama a la puerta?
Al día siguiente, pasillo fresco de mañana. Bajo al buzón, tacones clic-clac. Alex sale del suyo, mirada cómplice. ‘Buenos días, vecina. ¿Dormiste bien?’, guiña. Alain asoma: ‘Anoche… inolvidable’. Sonrío, coño aún sensible, semen seco en muslos. ‘Shhh, secreto nuestro. Pero repetimos, ¿eh?’. Nos rozamos disimulando, fuego encendido para la próxima. El edificio nunca fue tan excitante.