Me llamo Carmen, tengo 46 años y vivo con mi marido Luis en un edificio viejo del centro. Hace ocho meses, una tarde de agosto asfixiante, estaba en el balcón fumando un cigarro. El calor pegaba fuerte, el aire olía a jazmín del patio. De reojo, vi al vecino del quinto, un chaval de unos 25, Pablo. Salió al suyo con su perrito mestizo, ladrando como loco. Se quitó la camiseta, sudado, músculos marcados. Eh… no pude evitar mirar. Se rascó la entrepierna, ajustándose los shorts. Parecía que tenía una buena polla ahí dentro. Me mojé un poco, pensando en lo prohibido, tan cerca.

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Al día siguiente, Luis y yo volvimos de una caminata por el río, exhaustos, sedientos. El ascensor pitó al abrirse en la planta baja. Ahí estaba Pablo, con una caja de agua. ‘¿Subís?’, dijo sonriendo, ojos clavados en mí. El espacio era pequeño, olía a su colonia barata mezclada con sudor. Luis jadeaba, yo notaba la falda pegada a las piernas. ‘Hace un calor de cojones’, murmuró Pablo. Su brazo rozó el mío. Sentí un cosquilleo. En el quinto, nos invitó: ‘Tengo agua fría, entrad un rato, que vais hechos polvo’. Dudamos, pero la sed ganó. Su piso era un caos: sofá viejo, perro correteando, nevera zumbando.

La mirada indiscreta y la tensión en el ascensor

Nos sentamos, bebiendo como locos. Pablo nos contó de su curro en una granja cercana, cómo pasaba noches solo. ‘Aquí no pasa nadie, y las tías… ni te cuento’. Miraba mis tetas bajo la blusa. Luis se rio, yo sentí la polla de mi marido endureciéndose contra mi muslo. ‘Sois majos, oye. Si no os molesta…’. Hizo una pausa, rojo. ‘Jakie… Carmen, ¿me harías una mamada? Solo una, antes de que os vayáis. Me muero por una boca de mujer’. Me quedé helada. Luis tosió. ‘¿Qué dices, tío?’. Pero no sonaba enfadado. Yo miré a Luis: ‘¿Y tú?’. Él: ‘Joder, no sé… pero no me cabrea. Decide tú’. El corazón me latía fuerte. ‘Bueno… entra en la habitación, que el perro no vea’.

El morbo del acto y el secreto compartido

Entramos. Pablo se bajó los pantalones: polla tiesa, venosa, más larga que la de Luis. La agarré, piel caliente, palpitando. Me arrodillé, el suelo crujía. Lamí el glande, salado de sudor. ‘Joder, qué buena boca’, gimió. Chupé despacio, lengua alrededor, saliva chorreando. Luis entró, polla fuera ya. ‘¿Quieres?’, le dije. Él se acercó, yo alternaba: mamada a Pablo, paja a Luis. Nuestras pollas se rozaban, eléctrico. Pablo me agarró la cabeza: ‘Más hondo, puta’. Me metí hasta la garganta, arcadas, pero excitada. Oí pasos en el pasillo… ¿vecinos? El miedo me puso más cachonda. Luis metió dedos en mi coño empapado por la falda: ‘Estás chorreando’. Me corrí gimiendo con la boca llena. Pablo aceleró: ‘Me voy…’. Sacó, le apunté a la cara. Chorros calientes en mi lengua, tragué, amargo. Luis eyaculó en mi mano, yo le limpié chupando.

Al salir, Pablo: ‘Gracias, volcanes’. Nos fuimos riendo nerviosos. Al día siguiente, en el pasillo, cruzamos miradas. Él guiñó: ‘El agua fría os sentó bien, ¿eh?’. Luis sonrió, yo me sonrojé. Ahora, cada ladrido del perro me moja. El secreto quema.

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