Era una noche de verano pegajosa. Estaba en mi balcón, con el aire fresco rozándome la piel, fumando un cigarro. De repente, gemidos ahogados del piso vecino. La luz de una lámpara filtraba por las persianas mal cerradas. Me acerqué, curiosa, el corazón latiéndome fuerte. Ahí estaban Patrick y Franck, mis vecinos guapísimos, los dos altos, musculosos, besándose con hambre. Patrick tenía la polla de Franck en la mano, pajéandola despacio, mientras Franck le chupaba los huevos. Joder, qué espectáculo. Me mojé al instante, mi coño palpitando. Me toqué por encima de las bragas, imaginando sus vergas gruesas dentro de mí.

Al día siguiente, pasos en el pasillo. Bajé al ascensor, y pum, Franck entró conmigo. Nuestras miradas se cruzaron, cómplices. ‘Buenas noches’, murmuró, su voz ronca. El ascensor bajó lento, el zumbido llenando el silencio. Su brazo rozó el mío, accidental… o no. Sentí su polla endureciéndose contra mi cadera. ‘Te vi anoche’, susurré, mordiéndome el labio. Él sonrió, pícaro. ‘¿Y qué viste?’. ‘Lo suficiente para mojarme’. El ascensor paró en su planta. ‘Sube’, dijo, tirando de mi mano. La puerta del pasillo crujió al cerrarse. Entramos en su piso, oscuro, el olor a macho flotando.

La mirada indiscreta y la tensión en el edificio

No perdimos tiempo. Me empujó contra la pared del pasillo, besándome salvaje, lengua dentro, manos bajándome las bragas. ‘Eres una puta voyeur’, gruñó, metiéndome dos dedos en el coño chorreante. Gemí fuerte, joder, sí. ‘Chúpame la polla’, ordené, excitada por el riesgo. Patrick podía volver. Se arrodilló, lamió mi clítoris, succionándolo hasta que temblé. Le abrí el pantalón, saqué su verga enorme, venosa, el capullo brillando de pre-semen. La tragué entera, garganta profunda, babas cayendo. ‘Joder, qué boca’, jadeó, follándome la cara.

Me levantó, piernas alrededor de su cintura, y me empaló en su polla de un empujón. ‘¡Ahhh!’, grité, el pasillo amplificando el eco. Me follaba duro contra la pared, sus huevos chocando mi culo, sudor goteando. ‘Cállate o nos oyen’, siseó, tapándome la boca. Pero yo quería gritar, el placer del peligro me volvía loca. Cambiamos: me puso a cuatro patas en el suelo frío del pasillo, escupió en mi ano y metió la lengua. ‘Quiero tu culo’, murmuró. Lubriqué su polla con mi coño y la guié a mi ojete. Entró lento, estirándome, dolor-placer exquisito. ‘¡Más profundo!’, supliqué. Me taladraba, polla gruesa abriéndome, mis tetas rebotando. Oí pasos fuera… mierda, ¿Patrick? Nos paralizamos un segundo, pero él aceleró, follándome como un animal. ‘Me corro’, avisó. ‘Lléname el culo de leche’. Su verga pulsó, chorros calientes inundándome, goteando por mis muslos.

El clímax brutal y el secreto ardiente

Caímos exhaustos, respirando agitados. Se retiró, su semen saliendo de mi culo dilatado. ‘Increíble’, dijo, besándome. Nos vestimos rápido, riendo nerviosos. ‘No le digas nada a Patrick’. Salí flotando, coño y culo palpitando.

Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Franck con una sonrisa ladeada, yo ruborizada. ‘¿Dormiste bien?’, preguntó bajito. Asentí, mordiéndome el labio. Patrick pasó, ajeno. Nuestro secreto ardía, promesas en la mirada. El edificio nunca fue tan excitante.

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