Vivo en un edificio viejo de Madrid, de esos con pasillos estrechos y eco en las escaleras. Mis vecinos de al lado son Ada y Evo. Ella, lista y apasionada, con curvas que no pasan desapercibidas. Él, juguetón, con esa sonrisa que promete problemas. Hace unos días, tarde ya, oí pasos arrastrándose en el pasillo. El suelo crujía bajo sus zapatos. Miré por la mirilla… Ada inclinada, linterna en mano, Evo pegado a su espalda. Bajaban al sótano, sigilosos. ¿Qué coño tramaban?

Curiosa como soy, bajé descalza, el aire fresco del hueco de la escalera erizándome la piel. La puerta del sótano chirriaba al abrirse. Luz amarilla filtrando por las rejillas oxidadas, polvo flotando como niebla. Allí estaban, bajo una bombilla titilante. Ada sobre una caja vieja, sosteniendo un fragmento de arcilla rota. Símbolos raros, círculos como raíces torcidas. ‘Mira esto, Evo… parece un mapa antiguo’, murmuró ella, voz baja, excitada. Él se acercó más, su mano rozando su cadera. ‘O un jardín secreto, ¿no?’, respondió pícaro, aliento caliente en su cuello.

El hallazgo casual que encendió la chispa

Yo en sombras, corazón latiendo fuerte. Sus cuerpos tan cerca… el culo de Ada apretado contra él. Ella se giró despacio, labios entreabiertos. ‘¿Y si es Édinu? Ese paraíso perdido…’, susurró. Se besaron suave al principio, lenguas probando. Pero oyeron un ruido –mi pie en una lata– y se separaron, jadeantes. ‘¿Quién anda ahí?’, dijo Evo. Salí, fingiendo sorpresa. ‘Soy yo… curiosidad mató al gato’. Ada sonrió, ojos brillantes. ‘Ven, mira esto’. Tocamos el fragmento juntos, dedos rozándose. El aire cargado de algo más que polvo. Tensión eléctrica. Subimos los tres al ascensor estrecho, el zumbido empezando, luz parpadeante.

Puertas cerradas, espacio mínimo. Cuerpos pegados. Ada contra la pared, yo en medio, Evo detrás. ‘Hace calor aquí, ¿no?’, balbuceó ella, mano en mi brazo. Su piel ardía. Evo presionó su polla dura contra mi culo por ‘accidente’. ‘Joder… perdón’, mintió. Pero no me aparté. La miré a ella: ‘¿Queréis ese jardín ahora?’. Ada me besó primero, lengua húmeda invadiendo mi boca. Dulce, urgente. Evo bajó mi pantalón, dedos en mi coño ya mojado. ‘Estás chorreando, vecina’, gruñó. Lo chupé mientras Ada me lamía los pezones, duros como piedras. El ascensor subía lento, riesgo total: podría parar, abrirse, vecinos oír gemidos.

El clímax brutal y el secreto del pasillo

Evo me penetró de golpe, polla gruesa abriéndome entera. ‘¡Ahhh, coño!’, grité bajito, mordiéndome labio. Ada se arrodilló, lamiendo donde él entraba y salía, saliva y jugos mezclados. ‘Fóllala fuerte, amor’, jadeó ella. Él obedecía, embestidas brutales, mi espalda contra metal frío. Sudor goteando, olor a sexo llenando el cubículo. Yo gemí más alto: ‘¡Más, joder, me corro!’. Ella metió dedos en mi culo, ritmo salvaje. El ascensor tembló… ¡parada entre pisos! Pánico y placer. Evo aceleró, follándome como animal. ‘Voy a llenarte’, rugió. Eyaculó dentro, caliente, mientras yo explotaba, coño contrayéndose, piernas temblando. Ada se levantó, besándonos a los tres, lenguas enredadas, su coño frotándose en mi muslo.

Las puertas se abrieron en mi piso. Salimos deshechos, ropa arrugada, sonrisas culpables. ‘Silencio en el pasillo’, susurró Evo. Nos separamos rápido.

Al día siguiente, cruce en el pasillo. Ada con bolsa de compra, ojos pícaros. ‘Buenos días, vecina… ¿dormiste bien?’. Evo detrás, guiño. ‘El jardín espera más noches’, dijo bajito. El secreto quema, frisson cada mirada. Paso por su puerta y siento la polla de él otra vez. Prohibido, cerca… adictivo.

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