Estaba en mi balcón, fumando un cigarro a media noche. El aire fresco de octubre me erizaba la piel. Oí pasos en el pasillo, pesados, como de alguien cargando cajas. Miré por la rendija de las persianas. Era él. Mi antiguo profesor de francés, Monsieur P., el que me volvía loca desde los 18. ¿Aquí? En el edificio de al lado, mudándose al quinto piso, justo enfrente del mío.

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El corazón me latió fuerte. Lo vi quitarse la camisa, sudado, los músculos tensos bajo la luz amarilla del salón. Sus manos fuertes desabrochando el pantalón… Dios, me mojé al instante. Apagué el cigarro y me quedé mirando, el coño palpitando. ¿Me vio? No sé, pero al día siguiente, en el ascensor…

La mirada que lo empezó todo

Entré jadeando, bolsita de la compra en mano. Él ya estaba dentro, oliendo a aftershave y café. ‘Buenas’, murmuró con esa voz grave que me deshacía. Nuestras miradas chocaron. El ascensor subía lento, crujiendo. ‘¿Tú aquí?’, preguntó, acercándose un paso. El aire se cargó. Sentí su aliento en mi cuello. ‘Sí… vecino’, balbuceé, las piernas temblando. Sus dedos rozaron mi cintura. ‘No puedo dejar de pensar en aquella noche’, susurró. La puerta se abrió en mi piso. Lo arrastré al pasillo oscuro. Nos besamos contra la pared, salvajes. Sus manos en mi culo, apretando. ‘Ven a mi casa’, gruñó. Entramos. La puerta se cerró con un clic que sonó como una promesa.

Me empujó contra la mesa de la cocina. ‘Quítate la falda’, ordenó, voz ronca. Obedecí, empapada. Se bajó los pantalones, su polla dura saltó libre, gruesa, venosa. ‘Mírala, toda para ti’. Me arrodillé, la chupé ansiosa, saboreando el precum salado. Gemí, él me agarró el pelo: ‘Así, puta, trágatela toda’. Me levantó, me abrió las piernas sobre la encimera. Entró de un empujón, follándome profundo. ‘¡Joder, qué coño tan apretado!’, rugió. Yo arañaba su espalda, mordiendo su hombro para no gritar. Los vecinos… oí pasos en el pasillo. ‘Cállate o nos pillan’, jadeó, pero follaba más fuerte, el plaf plaf de su polla en mi chocho mojado llenaba la habitación.

El polvo salvaje en su piso

Me dio la vuelta, me inclinó sobre el sofá. ‘Voy a correrme dentro’, avisó. Metió dos dedos en mi culo mientras me taladraba el coño. Explosions de placer, mi clítoris hinchado rozando el cuero. Grité bajito: ‘¡Sí, lléname, profe!’. Él embistió como un animal, gruñendo. Caliente, su leche me inundó, chorreando por mis muslos. Colapsamos, sudados, oliendo a sexo puro.

Al día siguiente, en el pasillo. Él salía con la basura, yo con el perro. Nuestras miradas se cruzaron, sonrisa pícara. ‘Buenos días, vecina’, dijo bajo, guiñando. Sentí su semen seco en mis bragas. Pasos de la vecina mayor… nos miramos, el secreto quemando. ‘Hasta pronto’, susurré. El ascensor llegó. Entramos solos. Sus dedos rozaron mi mano. El frisson del peligro, ya adictos.

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