Anoche no pegaba ojo. Eran como las dos, el calor del verano entraba por la ventana entreabierta. De repente, ruidos… gemidos ahogados del piso de al lado. Mi vecino, ese moreno del 4A, alto, con esos brazos tatuados que siempre me ponían. Me acerqué sigilosa al balcón, el aire fresco me erizó la piel. Abrí un poco las persianas, la luz tenue de su salón filtraba. Joder, ahí estaba él, desnudo, empotrando a una tía contra la mesa. Su polla gruesa entrando y saliendo de su coño con fuerza, los golpes secos, ella gimiendo bajito. Me mojé al instante, metí la mano en las bragas, me froté el clítoris viendo cómo le agarraba las tetas.
No sé cuánto tiempo estuve ahí, pero de golpe, se paró. Miró hacia mi balcón. Mierda, ¿me vio? Corrí a la cama, el corazón latiéndome fuerte. Mañana lo vería en el pasillo, ¿y si dice algo? El morbo me tenía despierta toda la noche, imaginando esa polla dentro de mí.
La mirada indiscreta y la tensión en el pasillo
Al día siguiente, bajando al trabajo, el ascensor pitó. Entró él, solo, con esa sonrisa pícara. ‘Buenas, vecina’, dijo, su voz grave. Hacía calor, olía a su colonia mezclada con sudor. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo. ‘Anoche… ¿dormiste bien?’, soltó de repente, acercándose un poco. Sentí su aliento en mi cuello. ‘¿Y tú?’, balbuceé, notando cómo mi coño se humedecía otra vez. El ascensor paró entre pisos, luz parpadeando. ‘Te vi mirando, guarra’, murmuró, su mano en mi cintura. No pude resistir, le besé, dura, lengua dentro.
Sus manos bajaron mi falda, palpando mi culo. ‘Sabía que eras una puta voyeur’, gruñó, mordiéndome el labio. Le bajé los pantalones, saqué esa polla enorme, venosa, ya tiesa. Me arrodillé en el suelo sucio del ascensor, se la metí en la boca hasta la garganta. Chupé fuerte, saliva chorreando, él gimiendo ‘joder, qué bien chupas’. Los botones pitaban arriba, alguien pulsaba. El peligro nos ponía a mil. Me levantó, me dio la vuelta contra la pared, metió dos dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando por mí’, dijo, y embistió de golpe. Su polla me partió en dos, follándome salvaje, pellizcándome los pezones.
El polvo brutal y el secreto ardiente
‘Quieta, que nos oyen’, jadeé, pero él no paraba, pollaazo tras pollaazo, mis tetas rebotando, coño apretándolo. Gemí bajito, mordiéndome el brazo. ‘Córrete, puta’, me ordenó, acelerando. Sentí el orgasmo venir, piernas temblando, chorro de placer. Él sacó la polla y me llenó el culo de leche caliente, chorros pegajosos bajando por mis muslos. El ascensor se movió, corrimos a arreglarnos. Puertas abiertas, vecinos esperando, ajenos.
Subí a casa flotando, coño palpitando. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Él con la compra, yo con el perro. Nuestras miradas… fuego puro. ‘Buen día, vecina’, sonrió, guiñando. Sonreí de vuelta, sintiendo el secreto quemándonos. ‘Igualmente… y repite cuando quieras’. Pasos en el corredor, pero solo nosotros sabíamos. El ascensor nunca fue igual.