Un rayo de sol me pegó en la cara esta mañana. Carlos acababa de correr la cortina de su salón. Me desperté de golpe, con el cuerpo aún pegajoso de la noche anterior. ¿Qué coño había pasado? Habíamos follado como animales hasta las tantas, pero ahora… silencio. Él se movía por la casa en bóxers blancos, el culo prieto asomando un poco. Yo, solo con mi tanga negra y su camiseta oversized. Recogió la ropa del suelo, murmuró algo de desayuno. Parecíamos una pareja normal, pero éramos vecinos del quinto piso. Nada más.

Me quedé tiesa en la cama, mirándolo. ¿Era un polvo de una noche o qué? Él preparó café, tostadas, como si nada. Desayunamos en silencio, pero no pesado. Era… excitante. Sus ojos marrones me rozaban, ese sourire pillo que me volvía loca. ‘No le digas a nadie en el edificio, ¿vale?’, soltó de repente, rompiendo el hielo. Asentí, nerviosa. ‘Salgo quince minutos antes para que no nos vean juntos’. Perfecto. Nos despedimos con un beso rápido, y me fui a mi piso, el corazón latiendo fuerte.

La Mirada que lo Cambió Todo y la Tensión en el Ascensor

El día se me hizo eterno. Pensaba en su polla dura dentro de mí, en sus gemidos. ¿Volvería esta noche? ¿O era macho y ya? Al final, decidí jugármela. Bajé al ascensor a las ocho, y ahí estaba él, con camisa ajustada y vaqueros. Nuestras miradas chocaron. ‘Hola, vecina’, dijo con voz ronca. El ascensor se cerró, éramos solos. El aire se cargó de golpe. Sus manos en mi cintura, mi espalda contra la pared metálica. ‘No aguanto más’, susurró, besándome el cuello. Frené el ascensor entre pisos. Pulsé el botón de parada. El corazón me iba a mil. ‘Aquí? ¿Y si alguien…?’, balbuceé. ‘Me encanta el riesgo’, respondió, metiendo mano bajo mi falda.

Sus dedos rozaron mi coño ya húmedo. ‘Estás empapada, puta’, gruñó. Me bajó las bragas de un tirón, yo le abrí el pantalón. Su polla saltó fuera, gorda y venosa, palpitando. Me giré, apoyada en la pared, culo en pompa. Me la metió de una embestida, profunda. ‘¡Joder, qué prieta estás!’, jadeó. Empecé a moverme, follando contra la puerta. Sus huevos chocaban contra mí, slap-slap en el silencio del ascensor. Gemí bajito al principio, pero pronto perdí el control. ‘¡Fóllame más fuerte, Carlos!’. Él me tapó la boca con una mano, pero yo mordí sus dedos. El otro malaxaba mis tetas, pellizcando los pezones duros.

El Folleteo Brutal y el Secreto del Pasillo

Me corría ya, el coño chorreando. ‘¡Voy a llenarte!’, avisó. Aceleró, brutal. Sentí sus chorros calientes explotando dentro, uno, dos, tres. Me temblaban las piernas. Se retiró, semen goteando por mis muslos. Me arrodillé rápido, lamí su polla limpia, saboreando nuestra mezcla. Luego, lengua en mi clítoris hinchado. Me lamió hasta que squirté en su cara, un chorro que salpicó el suelo. ‘¡Dios, qué guarra!’, rio él, limpiándose. Pulsamos para seguir bajando, arreglándonos la ropa a toda prisa. Olía a sexo puro.

Subimos a su piso en silencio, riendo nerviosos. ‘Mañana más’, prometió en la puerta. Al día siguiente, cruzamos en el pasillo. Luz tenue filtrando por las persianas, pasos lejanos de vecinos. Nuestras miradas se clavaron, cómplices. Sonrió, rozó mi mano. ‘Buen día, vecina’. Ese secreto ardiente nos quemaba. Sé que volverá a pasar. El edificio entero es nuestro playground prohibido.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *