No sé, fue hace dos noches… Estaba en mi balcón, fumando un cigarro a media luz, con el aire fresco rozándome las piernas bajo la falda corta. Oí pasos en el pasillo, lentos, como si alguien dudara. Miré por las rendijas de las persianas del vecino del quinto, ese chaval de unos 22 años, tan mono, con pelo revuelto y cuerpo atlético. La luz de su pantalla iluminaba su cara: fotos de travestis, pollas duras asomando bajo faldas. Se tocaba la verga por encima del pantalón, gimiendo bajito. ‘Joder, qué guarro’, pensé, y sentí mi propia polla endurecerse. Me mojé los labios, el corazón latiéndome fuerte.
Al día siguiente, en el ascensor. Entró él, sudado del gym, camiseta pegada al pecho. Nuestras miradas chocaron. ‘Hola, vecina’, murmuró, voz temblorosa. Yo sonreí, cruzando las piernas para que notara el bulto sutil bajo mi minifalda. ‘¿Qué tal, guapo? ¿Dormiste bien anoche?’ Él se sonrojó, el ascensor pitó en la planta baja, pero subimos juntos. Mi mano rozó su muslo ‘por accidente’. ‘Eh… sí, bien’, balbuceó, pero vi la erección marcándose en sus vaqueros. El olor a sudor y perfume barato llenaba el aire. Cuando las puertas se abrieron en mi piso, lo agarré del brazo. ‘Ven a mi casa un rato, te invito a una birra. No muerdo… mucho’. Dudó, pero entró, el clic de la puerta cerrándose como un candado.
La mirada accidental y la chispa en el ascensor
En el salón, se sentó en el sofá, piernas abiertas, nervioso. Olía a hombre joven, a deseo reprimido. Me acerqué, mi bustier apretando mis tetas siliconadas, falda subiendo por las medias negras. ‘Relájate, chaval. Sé lo que miras por las noches’. Su cara ardió. Puse mi mano en su muslo, subiendo despacio. ‘Eres precioso, ¿sabes? Déjame enseñarte cosas ricas’. Lo besé, suave al principio, lengua explorando su boca dulce. Él respondió torpe, manos en mi cintura. Me subí a horcajadas, sintiendo su polla dura contra mi culo. Le quité la camiseta, lamiendo sus pezones que se endurecieron al instante.
‘Vamos a la cama, aquí estamos demasiado expuestos’, susurré, el pasillo del edificio silencioso pero con riesgo de pasos. Lo arrastré al dormitorio, luz tenue filtrando por las cortinas. ‘Ayúdame con la cremallera’. Bajó la falda, mi tanga negra revelando mi polla de 20 cm, tiesa y venosa. ‘¡Hostia!’, jadeó, pero no huyó. Le bajé los pantalones, su verga saltando libre, goteando pre-semen. Nos lamiós mutuamente, mi boca engullendo su glande, chupando hasta las huevos peludos. Él gemía: ‘Ah… joder, qué bueno’. Luego lo puse boca arriba, abrí sus piernas. ‘Quiero tu culito, ¿me dejas?’. Asintió, ‘Sí… fóllame como a una puta’.
La follada intensa y el secreto del pasillo
Le escupí en el ano rosado, lo lamí profundo, lengua girando mientras él se retorcía. ‘¡Dios, qué lengua!’. Levanté sus piernas sobre mis hombros, mi polla resbalando entre sus nalgas húmedas. Presioné el glande contra su entrada virgen. ‘Relájate, cielo, va a doler un poquito’. Empujé lento, rompiendo la resistencia. Entró centímetro a centímetro hasta que mis huevos chocaron contra su culo. ‘¡Ahhh!’, gritó él, pero luego: ‘Más… fóllame fuerte’. Empecé el vaivén, polla abriéndole el ojete, sonidos chapoteantes llenando la habitación. ‘¡Cállate, que nos oyen los vecinos!’, siseé excitada, pero él gemía como loco: ‘¡Soy tu zorra, métemela toda!’. Aceleré, pistoneando su culo en llamas, mis tetas rebotando. Sudor goteando, olor a sexo crudo. Él se pajeaba la polla, ‘Me corro…’. Eyaculé dentro, chorros calientes inundando su recto, mientras su semen salpicaba su vientre.
Me quedé dentro un rato, besándonos perezosos. ‘Eres una puta deliciosa, volveremos a esto’. Se fue tambaleante, culo dolorido.
Hoy en el pasillo, cruzamos miradas. ‘Buenos días’, dijo con guiño, yo mordiéndome el labio. El secreto quema, y ya planeo la próxima.