Ayer por la noche, estaba en mi balcón fumando un cigarro, con el aire fresco rozándome las piernas desnudas bajo la bata. Oí pasos en el pasillo, pesados, nerviosos. Eran Javier y Miguel, mis vecinos del quinto. Javier, el novato tímido del gym, y Miguel, el madurito con pinta de saberlo todo. Bajaban del ascensor, rozándose los brazos. La luz amarilla del hueco de escaleras filtraba por mis persianas entreabiertas. Me quedé quieta, el corazón latiéndome fuerte.

Javier dudó en la puerta de Miguel. ‘¿Qué pasa?’, murmuró Miguel, girándose, voz suave como miel. Javier se movió inquieto, pies inquietos en el suelo de linóleo. ‘Yo… nunca he… con un tío’. Se sonrojó, ojos al suelo. Miguel le cogió la barbilla, suave. ‘Si no quieres, paramos. Pero si me quieres esta noche, solo pídelo. Soy tuyo’. Javier sonrió tímido. ‘¿Y si la cago? Quiero tu polla hoy, mañana… siempre. Pero soy un puto novato’. Miguel rio bajito. ‘Me da igual. Quiero al Javier de ahora’. Lo besó fuerte, pegando cuerpos. Javier tembló, pero se agarró a su cintura. Sus lenguas chupaban, húmedas. Yo me mordí el labio, sintiendo el calor subir entre mis muslos.

La tensión que vi subir en el ascensor

La puerta se cerró con un clic. Me acerqué a la pared compartida, fina como papel en este edificio viejo. Oí ropas cayendo, zipper bajando lento. ‘Mira cómo me pones’, gruñó Miguel. Javier gimió: ‘Joder, tu polla contra la mía…’. Besos mojados, resoplidos. ‘¿Confías en mí?’, susurró Miguel. ‘Absolutamente. Fóllame’. Risas ahogadas, camas crujiendo.

Pasaron a lo bruto. Javier jadeaba: ‘¡Oh, Miguel!’. Lengua lamiendo, chupando tetas. ‘Sabes follar, cabrón’, rio Miguel. Le bajó el pantalón, polla saltando dura como piedra. Dedos rozando huevos, vientre. Javier se arqueó: ‘¡Chúpamela!’. Miguel se la metió en la boca, succionando fuerte. ‘¡Joder, tu lengua… me corro!’, gritó Javier. Se corrió en su garganta, espasmos fuertes. Yo me toqué el coño, húmeda, oyendo todo. Miedo a que oyeran mi respiración agitada.

El polvo crudo y los gemidos que casi me delatan

Miguel lo puso a cuatro, untando saliva en el culo virgen de Javier. ‘Tranquilo, te abro despacio’. Empujó, lento. ‘¡Aaaah, duele… pero qué rico!’. Miguel mordió su oreja: ‘Tu culo aprieta mi polla como un guante’. Follaron duro, camas golpeando la pared. ‘¡Más fuerte, rómpeme el culo!’, suplicó Javier. Miguel aceleró, pellizcando pezones, azotando nalgas. ‘¡Me vengo dentro!’, rugió Miguel. Gemidos salvajes, sudor goteando, olor a sexo filtrando por las rendijas. Yo me corrí callada, temblando, imaginando sus pollas explotando.

Al día siguiente, en el pasillo, luz gris del amanecer. Javier salía con bolsas de basura, ojeras felices. Nuestras miradas chocaron. Sonrió pícaro, como sabiendo que lo pillé todo. ‘Buen polvo anoche, ¿eh?’, guiñó. Me reí, cómplice. ‘Se oía hasta la calle’. Bajó la vista, polla medio dura en el pantalón. El secreto quema, y quiero más noches así.

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