Estaba terminando mi café en el balcón cuando lo vi. Javier, el vecino del 4ºB, el tío maduro ese que siempre va en slip ajustado. Salió a la terraza común de la piscina del edificio, tiró la toalla y se metió al agua de un salto. Nadaba fuerte, como cabreado. El sol filtraba por las persianas de mi balcón, el cloro olía fuerte. Me acerqué un poco, curiosa.

Minutos después, se apoyó en el borde, jadeando. Bajé con una birra en la mano, en bikini. ‘Buenos días, Javier. ¿Todo bien?’ Le puse la lata delante. Él sonrió, tenso. ‘Hola, Laura. Gracias… Bueno, no tanto.’ Se bebió la mitad de un trago. Sus piernas rozaban las mías en el agua fresca.

La mirada indiscreta que lo cambió todo

‘¿Qué pasa? Pareces frustrado.’ Dudó, miró alrededor. El edificio estaba tranquilo, solo el goteo del agua. ‘Mi mujer… es maja, pero en la cama, cero. Pequeño y ni idea de usarlo.’ Me reí bajito. ‘Vaya, ¿en serio? Yo te veo… dotado.’ Él enrojeció. ‘¿Ah sí? ¿Y cómo sabes?’ ‘Ojos para ver, oídos para oír. Os oigo a veces por la pared delgada.’ Él tragó saliva. ‘¿Y qué oyes?’ ‘Gritos de ella… de aburrimiento.’

La tensión subía. Sus slips se hinchaban. ‘Mierda, Laura… no sé qué decir.’ Me acerqué más, nuestras rodillas se tocaron. ‘No digas nada. Solo… enséñame.’ Él miró el pasillo vacío del edificio. ‘Aquí? ¿Y si alguien baja?’ El riesgo me mojó. ‘Por eso mola.’ Se bajó el slip despacio. Su polla saltó, gruesa, venosa, ya tiesa. ‘Joder, qué pedazo.’ La luz del sol la hacía brillar.

El clímax en el agua y el secreto ardiente

No aguanté. Me quité el bikini entero, el aire fresco en los pezones. ‘Fóllame ya, Javier. Quiero sentir esa verga gorda.’ Él me agarró por la cintura, me levantó contra el borde. Su boca en mi cuello, olía a sudor y cloro. ‘Eres una puta viciosa.’ ‘Sí, y tú un cabrón cachondo.’ Me penetró de golpe, su polla me abría el coño como nunca. ‘¡Aaaah! Joder, qué grande!’ Agua chapoteando, nuestros jadeos eco en la piscina vacía.

Me follaba fuerte, embestidas profundas. ‘¡Cállate, nos oirán los vecinos!’ susurró, pero yo gemía más. ‘Que oigan, que sepan lo que te perdían.’ Sus huevos chocaban contra mi culo, chap chap chap. Le arañé la espalda. ‘¡Más rápido, rómpeme el coño!’ Él gruñía, sudado. ‘Vas a hacer que me corra ya.’ Le apreté con el coño, ordeñándolo. ‘¡Dentro, lléname de leche!’ Él explotó, chorros calientes inundándome. Yo vine segundos después, temblando, mordiéndome el labio para no chillar.

Caímos al agua, exhaustos. Nos vestimos rápido, risas nerviosas. ‘Esto no puede repetirse… o sí.’ Le guiñé el ojo. Al día siguiente, en el pasillo estrecho del edificio, pasos lejanos. Nos cruzamos, su mujer saludando de lejos. Él me rozó la mano, secreto ardiendo. ‘Buenas noches, Laura.’ Sonreí, coño aún palpitante. ‘Igualmente. Sueña rico.’ El ascensor pitó, solos un segundo. ‘Mañana, misma hora?’ Susurró. ‘No falles, vecino.’ El morbo del prohibido nos consumía.

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