Era un día de finales de mayo, el calor ya picaba fuerte, olía a jazmín del patio interior. Yo en mi balcón, fumando un cigarro, cuando lo veo llegar. Mi vecino del quinto, ese profesor alto y moreno, con su camisa ajustada. Venía con una colega, charlando, pero la deja en la puerta y sube solo al ascensor. Yo bajo también, casualidad, ¿eh? El ascensor llega, entro, él ya dentro, nos miramos. ‘Hola, vecina’, dice con esa sonrisa pícara. El aire se carga, el zumbido del motor, su colonia mezclada con mi perfume. ‘Hace bochorno, ¿no?’, murmuro, y él asiente, ojos bajando a mi escote. Mi vestido ligero, ceñido a la cintura, se sube un poco al moverme. Sus manos rozan mi cadera ‘sin querer’ cuando el ascensor para en mi piso. ‘¿Subes a tomar algo fresco?’, le suelto, el corazón latiendo fuerte. Él duda, ‘Bueno… solo un rato’. Pero no subimos. En vez de eso, pulsamos sótano. El parking vacío, luces tenues, eco de nuestros pasos en el cemento frío.

Bajamos, el olor a gasolina y humedad. Me empuja contra su coche, boca contra boca, beso hambriento, lenguas enredadas. ‘Joder, te llevo deseando semanas’, gruñe, manos subiendo mi vestido. Siento su polla dura contra mi muslo. ‘Shh, nos pueden oír los vecinos’, susurro, pero eso me pone más. Le bajo la cremallera, saco esa verga gruesa, venosa, ya goteando. Me arrodillo en el suelo sucio, la chupo ansiosa, lengua alrededor del glande, tragándomela hasta la garganta. Él gime bajo, ‘Qué boca, puta…’. Me levanta, me gira contra el capó, baja mis bragas blancas. Mi coño chorreando, expuesto. ‘Mira cómo estás de mojada’, dice, metiendo dos dedos, follándome con ellos, chapoteo húmedo. Yo jadeo, ‘Lámeme, por favor…’. Se pone de rodillas, lengua en mi raja, lamiendo clítoris hinchado, mordisqueando labios. Huele a sexo, mi jugo en su barbilla. ‘Voy a correrme…’, aviso, y exploto, piernas temblando, grito ahogado por miedo a los vecinos de arriba.

La chispa en el ascensor compartido

No para. Me pone a cuatro patas en el asiento trasero, polla frotando mi entrada. ‘Pídemelo’, ordena. ‘Fóllame fuerte, métemela toda’, suplico. Empuja, entra de golpe, ‘¡Uf!’, ahogo el gemido. Me taladra, pellizcando tetas fuera del sujetador, pezones duros. El coche se mueve, chirridos en la oscuridad. ‘¿Y si baja alguien?’, dice excitado, acelerando. ‘Me da igual, fóllame más’, respondo, empujando culo contra él. Siento su huevos golpeando mi clítoris, polla hinchándose. Cambiamos, yo encima, cabalgándolo salvaje, tetas rebotando, sudor goteando. Él me agarra nalgas, dedo en mi culo apretado. ‘¿Te gusta por detrás?’, pregunta. ‘Sí, pero despacio… ahhh’. Me corro otra vez, coño apretándolo, y él se vacía dentro, chorros calientes, ‘Toma mi leche, vecina zorra’. Nos quedamos jadeando, su semen chorreando por mis muslos.

Nos vestimos rápido, risas nerviosas. ‘Mañana en el pasillo, ni una palabra’, dice guiñando. Subimos por separado. Al día siguiente, cruzamos en el corredor, luces fluorescentes zumbando. Él con su maletín, yo con la compra. Nuestras miradas chocan, sonrisas cómplices, roce de manos al pasar. Siento su corrida seca en mis bragas, secreto ardiendo. ‘Buen día’, murmura, y yo, ‘Igualmente… profesor’. El ascensor cierra, solos otra vez, pero solo nos miramos. El frisson del peligro, delicioso. ¿Repetimos pronto? El edificio guarda secretos.

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