Acababa de mudarme a este edificio viejo en las afueras de Bruselas, en Neder-over-Heembeek. Mi piso en el tercero, con vistas al patio trasero. Colgué un espejo enorme que me regaló un anticuario rarito, con marco dorado y tallas de parejas enroscadas. Brillaba tanto que reflejaba todo el salón… y un poco más allá, la ventana del vecino del cuarto.
Esa noche, luz tenue filtrándose por las persianas. Oí risas, gemidos ahogados. Me acerqué al espejo, curiosa. Joder, ahí estaban: él, un tipo musculoso de unos 30, y ella, su novia o lo que sea. Él la tenía contra la pared del balcón, falda subida, polla gorda entrando y saliendo de su coño con golpes secos. Plaf, plaf. El aire fresco del balcón les erizaba la piel. Ella jadeaba, ‘¡Más fuerte, cabrón!’, y él gruñía, sudando. Yo… me mojé al instante. Me toqué por encima de las bragas, el clítoris hinchado, imaginando esa verga en mí. El peligro de que me pillaran mirando me ponía a mil.
La mirada que lo cambió todo
Al día siguiente, ascensor. Puertas abriéndose con ese chirrido metálico. Él, solo, camisa ajustada marcando pectorales. Nuestras miradas chocaron. ‘Hola, vecina nueva’, sonrisa pícara. Sudor en su cuello del gym. ‘Sí, acabo de llegar… oí ruidos anoche’, solté, coqueta. Él arqueó la ceja, ‘¿Ruidos? ¿Qué ruidos?’. El ascensor paró entre pisos, luz parpadeando. Tension en el aire, espeso. Me acerqué, tetas rozando su brazo. ‘Gemidos… como si follarais a lo bestia’. Él tragó saliva, mano en mi cintura. ‘¿Te gustó el espectáculo?’. Sus labios cerca, aliento caliente. La barrera cayó. Puertas abriéndose en mi piso, lo arrastré dentro.
El clímax en mi salón y el secreto compartido
Puerta cerrada, clic del cerrojo. Me estampó contra la pared, boca devorando la mía, lengua invasora. ‘Joder, desde que te vi por la ventana, te quiero follar’, murmuró. Manos bajando mi falda, bragas a los tobillos. Dedos gruesos abriendo mi coño empapado. ‘Estás chorreando, puta voyeur’. Gemí, ‘Sí, vi tu polla enorme destrozándola… fóllame ya’. Se sacó la verga, venosa, cabezota morada palpitando. Me arrodillé, lamí el prepucio salado, tragué hasta la garganta. Tosí, saliva goteando. Él me levantó, piernas abiertas en el sofá nuevo. Entró de un empellón, rompiéndome. ‘¡Aaaah, qué prieta estás!’, rugió. Polla golpeando fondo, coño estirado al límite. Plaf-plaf-plaf, sofás crujiendo, riesgo de que los del bajo oigan. ‘¡Cállate o nos pillan!’, susurré, pero gemí más alto, uñas en su espalda. Cambiamos: yo encima, tetas botando, clítoris frotando su pubis. ‘Me voy a correr… ¡lléname de leche!’, supliqué. Él aceleró, ‘Toma, zorra vecina’. Chorros calientes inundando mi útero, goteando por muslos. Colapsamos, sudor pegajoso, olores a sexo llenando el aire.
Al día siguiente, pasillo. Pasos lentos, luz fluorescente zumbando. Él saliendo de su piso, yo con la bolsa de basura. Miradas cruzadas, sonrisas culpables. ‘Buen polvo, ¿eh?’, guiñó. Toqué su brazo disimulando, coño aún sensible. ‘Repetimos… pero calladitos’. Secretos quemando, morbo eterno del vecino prohibido.