Llego a casa pasadas las cinco, empapada en sudor, la blusa pegada a los pechos. Acabo de salir de la primera ‘sesión de lectura’ con el vecino del 4ºB, ese viejo ciego que vive solo. Mi marido abre la puerta de golpe y me pilla jadeando, roja como un tomate. ‘¿De dónde vienes tan sudada?’, pregunta. Balbuceo algo de correr, pero él sabe que fui a leerle por su encargo. ‘Cuéntamelo luego’, dice y se pira. Uf, salvada por los pelos.
En la ducha, el agua caliente revive el olor a sexo. Mis muslos brillan con restos de mi corrida, el vello del pubis pegado por la leche que solté sin que me tocara. Me toco el clítoris pensando en su voz ronca, en el bulto enorme que vi asomar por su bata, manchado de porra fresca. ¿Se corrió viéndome con sus manos? Sonrío, me corro de nuevo, más suave, agotada.
La chispa en el ascensor y la invitación prohibida
Por la noche, mi marido está eufórico con curros. Le suelto lo de la lectura, mintiendo que fue ‘onírico’. Me pregunta el libro: ‘La llave’, digo, y me pongo colorada. Él insiste, pero cambio tema. Duermo mal, soñando con su polla gorda.
Al día siguiente, suena el telefonillo. ‘¿Carmen?’, su voz grave. ‘Sí… hola’. ‘Vuelve esta tarde, a las cinco, cuando se vaya la señora de la limpieza’. Trago saliva. ‘Vale’.
Toco el timbre, abre en bata, gafas oscuras tapando sus ojos muertos. Me guía al salón, piernas desnudas asomando. Huele a hombre solo, a deseo acumulado. Me siento en el sofá, sin bragas –me las quité en el ascensor, el corazón latiéndome fuerte con el zumbido del edificio.
‘¿No llevas ropa interior por mí?’, susurra, acercándose. Me quedo tiesa. Su mano roza mi cuello, baja al escote. ‘Sí… para ti’. Me besa, lengua caliente invadiendo mi boca. Pierdo las piernas, él me sujeta por la cintura, polla dura contra mi vientre.
Me quita la blusa, dedos explorando mis tetas como si las viera. ‘Lee’, dice, pasándome un folio escrito a mano. Empiezo, voz temblorosa: él detrás, manos en hombros, bajando a pezones duros. Aprieta, pellizca. ‘Sigue leyendo, puta’. Gimo, coño empapado.
El sexo sin frenos y el secreto ardiente del pasillo
Sus dedos bajan, desabrochan falda, me desnuda. Estoy en pelotas, leyendo mientras me manosea el culo, separa nalgas. ‘Estás chorreando, zorra’. Mete dedo en coño, revuelve, saca cubierto de jugos. Lo chupa. ‘Sabe a puta en celo’.
Me pone de rodillas en el sofá, cara al folio. Oigo su bata caer. Polla enorme golpea mi espalda. ‘Chúpamela’. La agarro, venosa, cabezota babosa. La engullo, garganta profunda, babeo. Él gime fuerte, paredes finas, joder, los vecinos oirán.
‘Quieta’, gruñe, me empuja al suelo. Me abre piernas, lengua en coño, lamiendo clítoris, chupando labios hinchados. ‘¡Ahh, joder!’, grito. Mete dos dedos, folla rápido, me corro a chorros, salpicando alfombra. ‘Silencio, o nos pillan’, dice, pero él jadea como cerdo.
Se pone encima, polla en entrada. ‘Pídemelo’. ‘Fóllame, por favor, métemela toda’. Empuja, rasga coño hasta fondo. Bombea brutal, tetas rebotando, sudor goteando. ‘¡Más fuerte! ¡Me corro!’, suplico. Él acelera, huevos golpeando culo. ‘Toma lefa, puta vecina’. Se corre dentro, semen caliente inundando.
Caemos exhaustos, respirando agitado. Se oyen pasos en pasillo, puerta cerrando arriba. ‘Casi nos oyen’, ríe él. Me visto temblando, coño goteando porra.
Al día siguiente, en el pasillo, luz filtrando persianas. Él pasa con bastón, roza mi mano. ‘Mañana, cinco’, susurra. Sonrío, secreto quemando. Mi marido pregunta por qué ruborizo. No sabe nada.