Anoche no podía dormir. Estaba en mi balcón, fumando un cigarro, cuando vi luces en el apartamento del quinto, el del señor Pablo. Ese hombre de casi cincuenta, siempre tan correcto, con su vida en orden. Lo vi en su sillón mecedora, cerca de la chimenea eléctrica, con un whisky en la mano. Los cubitos se derretían lentos… Parecía perdido en sus pensamientos. Me mordí el labio. Siempre me ha puesto observar así, el frisson de lo prohibido, tan cerca pero intocable.

Al día siguiente, coincidimos en el parking del edificio. Yo llegaba tarde a una reunión de vecinos en la sala común. Él estaba en su coche, con jazz sonando bajo. Toqué el cristal. ‘¿Fuego?’, le dije con voz suave. Me miró, tartamudeó un ‘no’, pero sus ojos se clavaron en mis piernas, en el tatuaje que asoma bajo mi falda roja. Sonreí y subí al ascensor sola. O eso creí. Entró él, corriendo. ‘Espera…’, murmuró. El espacio se llenó de su olor a colonia vieja y excitación contenida.

La tensión que crece en el edificio

El ascensor arrancó con un zumbido. Silencio pesado. Nuestros brazos se rozaron. ‘¿Vas a la reunión?’, pregunté, voz baja. ‘Sí… pero nerviosa estoy yo también’, balbuceó él. Sus ojos bajaron a mi escote. Sentí mi coño humedecerse. Pulsé el botón de parada entre pisos. ‘Pablo… te vi anoche. Solo, pensando en… mujeres’. Se sonrojó. ‘Cállate, por favor’. Pero su polla ya abultaba los pantalones. Me acerqué, mi aliento en su cuello. ‘Déjame ayudarte. Aquí, ahora. Nadie nos oye… o sí’. Sus manos temblaron al agarrar mis tetas. La barrera cayó. Lo besé con hambre, lengua dentro, saboreando su whisky rancio.

Le bajé la cremallera. Su polla saltó dura, gruesa, venosa. ‘Joder, qué polla más grande tienes, vecino’, gemí mordiéndome el labio. La chupé voraz, saliva goteando, bolas en mi mano. Él gruñó, ‘Dios, tu boca…’. Me levantó la falda, rasgó mis bragas. ‘Estás empapada, puta’. Metió dos dedos en mi coño chorreante, frotando el clítoris. El ascensor olía a sexo crudo, sudor y humedad. ‘Fóllame ya’, supliqué. Me giró contra la pared, piernas abiertas. Entró de un embiste brutal, polla hasta el fondo. ‘¡Ahhh! Sí, rómpeme el coño’, grité bajito, pero el eco retumbó. Cada polvazo hacía temblar el metal. Sus manos amasaban mis tetas gordas, pellizcando pezones duros. ‘Cállate o nos pillan’, jadeó él, pero follaba más fuerte, huevos golpeando mi culo. Sudor goteaba, mi jugo por sus muslos. Le clavé uñas en la espalda. ‘Más, cabrón, hazme correrme’. Frenético, me dio la vuelta, piernas en alto. Polla embistiendo, clítoris frotado. Gime, gime… ‘Me corro, joder, me corro en tu coño vecino’. Chorros calientes me llenaron, yo exploté temblando, coño contrayéndose, chorro salpicando el suelo.

El clímax brutal y el silencio cómplice

Paramos el ascensor jadeantes, ropa revuelta. Bajamos en silencio, olor a corrida pegado. ‘Nadie ha oído nada… creo’, susurró con sonrisa pícara. Le di un beso rápido y salí corriendo a mi piso.

Hoy, en el pasillo, nos cruzamos. Él con su traje impecable, yo con leggings ajustados. Nuestras miradas chocaron. ‘Buen día… vecino’, dijo con voz ronca, guiñando. Sonreí, sintiendo mi coño palpitar de nuevo. ‘El secreto quema, ¿eh?’. Asintió, pasando rozándome el culo disimuladamente. Ese fuego compartido… uf, no sé cuánto aguante. El edificio nunca fue tan excitante.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *