Ay, chica, no sabes lo que me pasó ayer con el vecino del cuarto. Te lo cuento como si estuviera ahí, fresca todavía la piel. Vivo en un edificio viejo de Madrid, paredes finas, pasillos que crujen con cada paso. Anoche, sobre las once, oí ruidos. Pasos pesados en el corredor, luego voces apagadas. Me asomé por la mirilla… nada. Pero la luz del pasillo se colaba por las rendijas de la persiana, dibujando sombras. Me acerqué a la ventana del salón, abrí un poco las cortinas. Ahí estaba él, Marcos, el de los ojos oscuros y el cuerpo de gym. Discutía con su novia en el balcón de enfrente, aire fresco de la noche entrando. Ella, cabreada: ‘¡Otra vez no te empalmas, joder! ¿Qué coño te pasa?’ Él, rojo, murmurando excusas. Me quedé clavada, el corazón latiéndome fuerte. Vi cómo ella se iba dando portazo, él solo, frustrado, mano en los pantalones ajustándose.

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Al día siguiente, bajando al súper, ascensor atascado en el tercero. Puertas se abren, entro deprisa. Él ya dentro, solo. Olor a su colonia mezclada con sudor matutino. ‘Buenos días’, dice, voz grave, mirándome las tetas bajo la camiseta fina. Yo, con mi falda corta, siento el aire cargado. ‘Hola, Marcos, ¿no?’, sonrío, recordando la noche. Silencio pesado, solo el zumbido del ascensor bajando. Nuestras miradas se cruzan en el espejo, él se muerde el labio. ‘Te vi anoche… por la ventana’, suelto, juguetona. Se tensa, polla marcándose ya en los vaqueros. ‘¿Y qué viste?’, pregunta, acercándose un paso. El ascensor para en el sótano, puertas no abren del todo. Estamos solos, atrapados. ‘Vi que necesitas ayuda’, digo, mano en su pecho. Él gime bajito, ‘Joder, sí…’. La barrera cae. Me empuja contra la pared, besos urgentes, lengua invadiendo mi boca, sabor a café y deseo.

La chispa en el edificio

Sus manos bajan mi falda, bragas al suelo. ‘Estás empapada’, gruñe, dedos metiéndose en mi coño chorreante. Gimo, ‘Shhh, nos oirán los del parking’. Pero no paro, le bajo la cremallera, saco su polla dura como piedra, venosa, goteando precum. ‘Mira cómo has hecho que se me ponga’, dice, jadeando. Me arrodillo en el suelo sucio del ascensor, luz parpadeante iluminando. Chupo la punta, lengua alrededor del glande, trago hasta la garganta. Él agarra mi pelo, ‘Joder, qué boca, cabrona’. Me pone de pie, gira, levanto una pierna. Me penetra de golpe, polla gruesa abriéndome el coño, embiste fuerte. Plaf, plaf, contra las paredes metálicas. ‘¡Fóllame más duro!’, pido, uñas en su espalda. Siento cada vena rozándome dentro, clítoris hinchado frotando su pubis. Sudor goteando, olor a sexo crudo llenando el aire. ‘Me corro… agárrate’, avisa. Eyacula dentro, chorros calientes inundándome, yo exploto temblando, coño contrayéndose alrededor de su verga. Gemidos ahogados, mordiéndonos para no gritar. El ascensor tiembla, puertas chirrían abriéndose al fin.

Nos vestimos a toda prisa, risas nerviosas. ‘Mañana mismo’, susurra él, guiño. Salimos al parking, piernas flojas. Hoy, cruzándonos en el pasillo, pasos lentos en el suelo de baldosas. Él con bolsa de basura, yo con la compra. Nuestras miradas chocan, sonrisa pícara. Siento su semen seco en las bragas, coño palpitando aún. ‘¿Todo bien?’, pregunta su novia desde dentro. ‘Sí, amor’, responde él, voz inocente. Yo paso, rozándole el brazo disimuladamente. El secreto quema, frisson del peligro. ¿Repetimos en el balcón? Ay, el edificio nunca fue tan excitante.

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