Mis manos se crispan en la almohada, el gato maúlla y salta al suelo, mordisqueándome un dedo. Aún no abro los ojos. Quiero quedarme en esta penumbra, semi-dormida, envuelta en sábanas pesadas. El hombro al fresco, descubierto en la noche. Mmm, qué ganas de no ir a trabajar…

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Pero oigo ruidos. Pasos en el pasillo, un jadeo ahogado que viene de la pared. Los vecinos del quinto. La pareja esa, siempre tan ruidosos. Me incorporo un poco, el corazón late más rápido. La luz filtra por las persianas entreabiertas, ajadas. Me acerco sigilosa, pego la oreja. ‘Joder, sí, así…’, dice ella, voz ronca. Él gruñe, un golpe rítmico contra la pared. Mi coño se humedece al instante. Imagino su polla dura entrando en ella, los cuerpos sudados pegados.

La tensión que sube en el edificio

No resisto. Entorno la persiana un milímetro, solo un hilo de luz entra. Los veo: ella de rodillas en la cama, él detrás, embistiéndola fuerte. Sus tetas rebotan, el culo rojo de palmadas. Él me mira… ¿o no? Nuestros balcones están tan cerca, la cortina mal corrida. Siento el aire fresco del amanecer en la piel, pezones duros. Me toco despacio, dedo en el clítoris, mordiéndome el labio para no gemir.

Bajo al fin, aún encandando de deseo. En la cocina, el café pochrino me despierta la lengua, amargo, como su semen imaginado. Me estiro en el suelo, sol en la cara, el gato ronronea en mi regazo. Bajo la ducha, agua fría eriza la piel, huelo su jabón robado una vez del tendedero común. ‘Para, coño’, me digo, pero el clítoris palpita.

En el ascensor, pasa. Él entra solo, sudado del gym matutino. Camiseta pegada al torso, paquete marcado en el pantalón. ‘Buenos días’, digo, voz temblorosa. Nuestras miradas chocan en el espejo. Silencio pesado, el zumbido del motor. ‘Te oí anoche’, suelta él, sonrisa lobuna. ‘¿Y qué?’, respondo, el pulso en la garganta. Se acerca, mano en mi cintura. ‘O te vi’. El ascensor para entre pisos, botón atascado. Sus labios en mi cuello, barba raspando. ‘Joder, no aquí…’, susurro, pero mis manos ya en su polla, dura como hierro.

El secreto compartido al día siguiente

Me gira, falda arriba, bragas a un lado. ‘Quieta, que nos pillan’, dice, pero mete dos dedos en mi coño chorreante. Gimo bajito, el eco en el metal. ‘Cállate, puta’, me ordena, excitado. Baja la cremallera, polla gorda, venosa, salida. Me penetra de un golpe, hasta el fondo. ‘¡Ahhh!’, ahogo el grito contra su hombro. Embiste salvaje, plaf plaf, mis tetas saltan, uñas en su espalda. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, gruñe, mordiéndome la oreja. Siento su glande golpeando el útero, jugos bajando por mis muslos. ‘Más fuerte, fóllame, cabrón’, pido, perdida. El ascensor tiembla, miedo a que arranque. Él acelera, bolas chocando mi culo, sudor mezclado. ‘Me corro…’, avisa. ‘Dentro,Dentro, lléname’, suplico. Eyacula caliente, chorros potentes, mientras yo exploto, coño convulsionando, piernas temblando.

Sale primero, guiño. Yo arreglo la falda, olor a sexo impregnado. Agua entre las piernas.

Al día siguiente, pasillo. Él con la compra, yo volviendo. ‘¿Dormiste bien?’, pregunta, ojos brillantes. Sonrío, secreto ardiendo. ‘Como una reina… pensando en ti’. Pasos lejanos, nos miramos, promesa de más. El gato maúlla dentro, ajeno. Mi coño palpita aún al recordarlo.

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