Vivo en un edificio viejo del centro de Madrid, de esos con balcones que se miran de reojo. Mis vecinos del tercero, Pablo, un madurito atractivo de unos 50, con ese rollo paternal pero cachondo, y su amante, una tía joven como Ophélie, tetas firmes y culo redondo. La otra noche, oí gemidos. Bajitos al principio, como susurros ahogados. El aire fresco del balcón me erizó la piel. Me acerqué a la ventana, aparté un poco las persianas. La luz amarilla filtraba, tenue, y allí estaban. Ella a cuatro patas en el sofá, él detrás, embistiéndola con fuerza. ‘¡Joder, Pablo, más fuerte!’, jadeaba ella. Su polla gruesa entraba y salía del coño depilado, brillando de jugos. Los huevos le chocaban contra el culo, plaf plaf. Yo… me mojé al instante. Me toqué el clítoris por encima del pijama, imaginando esa verga en mí. El peligro de que me pillaran me ponía a mil. Duró poco, él gruñó y se corrió dentro, llenándola. Se quedaron jadeando, sudorosos. Cerré la cortina, corazonada a mil.

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Al día siguiente, bajaba en el ascensor. Oí pasos en el pasillo, rápidos, como tacones. Se abrió la puerta del tercero. Era él, solo, con esa camisa ajustada marcando pecho. ‘Hola, vecina’, dijo con sonrisa pícara. Entró, el espacio se achicó. Olía a su colonia, mezclada con algo… sexo residual? ‘Buenas, Pablo’. Silencio pesado. El ascensor bajó lento, traqueteando. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo. Vi su paquete abultado. Él notó mis pezones duros bajo la blusa fina. ‘Anoche… oíste algo?’, murmuró, acercándose. Dudé. ‘Sí… os vi. Fue… caliente’. Su mano rozó mi cadera. ‘¿Te gustó?’. Asentí, mordiéndome el labio. El ascensor paró entre pisos, un tirón. ‘Joder, ahora’, susurró. Me giró contra la pared, levantó mi falda. No llevaba bragas, el coño ya chorreaba. ‘Eres una puta voyeur’, gruñó, bajándose la cremallera. Su polla saltó, dura, venosa, cabezota roja. Me la metió de un empujón, hasta el fondo. ‘¡Ahhh!’, gemí bajito. El ascensor vibraba, miedo a que alguien pulsara. Él me follaba brutal, manos en mis tetas, pellizcando pezones. ‘Cállate, que nos oyen los del bajo’, jadeó. Pero yo no podía: ‘¡Fóllame más, joder, rómpeme el coño!’. Plaf plaf, sus huevos contra mi culo, jugos salpicando. Me corrí primero, temblando, mordiendo su hombro. Él aceleró, ‘Me voy a correr dentro, puta’. ‘Sí, lléname’. Gruñó, caliente semen inundándome. Se quedó clavado, respirando en mi cuello.

La mirada indiscreta desde mi balcón

Paramos el ascensor, nos arreglamos rápido. Bajamos, él guiñó ojo. ‘Nuestro secreto’. Al día siguiente, pasillo. Pasos suaves. Él saliendo con bolsas. Nuestras miradas chocaron. Sonrisa cómplice, él rozó mi mano. ‘Buen día… vecina’. Sentí el calor entre piernas. Ella no sabe nada. Cada cruce, esa tensión. El frisson del prohibido, de ser vistos. Quiero más.

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