Ayer por la noche, estaba en mi balcón con un cigarro, el aire fresco me erizaba la piel. La luz de la ventana del vecino de al lado filtraba entre las persianas mal cerradas. Me asomé un poco, curiosa, y allí estaba él: el chico joven, alto, atlético, en boxers. Se había bajado el pantalón y se pajeaba la polla dura, larga y gruesa, gimiendo bajito. Sus ojos… joder, creo que me vio, pero no paró. Siguió bombeando, el puño subiendo y bajando, gotas de pre-semen brillando. Me mojé al instante, el coño palpitando. Apagué el cigarro y me metí dentro, pero no podía quitármelo de la cabeza.
Al día siguiente, bajo al ascensor para ir al garaje. Paso por el pasillo, oigo pasos detrás. Es él, mi vecino el joven, con una sonrisa pícara. “Buenas, vecina”, dice, voz ronca. Entra al ascensor conmigo, el aire se carga de electricidad. Se acerca, huele a colonia fresca. “Anoche… te vi mirando”, murmura, su mano roza mi culo por ‘accidente’. El ascensor para en el piso de abajo, entra el vecino mayor, el de la barba gris, unos 50 tacos, con pinta de saber lo que hace. Nos mira, sonríe. La puerta se cierra, bajamos en silencio, pero la tensión… uf. En el garaje, el joven me arrincona contra la pared. “¿Quieres ver de cerca?”, susurra. El mayor se une, mano en su bragueta. La barrera cae. “Sí, joder, aquí mismo”, digo, corazón latiendo fuerte.
La mirada que lo cambió todo
El joven me besa el cuello, mordisquea, mientras baja mi falda. El mayor abre su cremallera, saca su polla gorda, ya tiesa. “Chúpala”, ordena. Me arrodillo en el suelo frío del garaje, el eco de gotas de agua lejano. Tomo la polla del mayor en la boca, profunda, babosa, lengua en el frenillo. Él gime, “¡Qué buena boca, puta!”. El joven se baja los pantalones, su verga enorme delante de mí. Alterno, chupando una, pajeando la otra. Oigo voces arriba, pasos en la escalera… mierda, alguien viene. Pero no paro, el riesgo me pone más cachonda. El mayor me pone de pie, me gira, baja mis bragas. “Culito rico”, dice, escupe en mi ano y mete un dedo. Gimo, “¡Más!”. El joven me mete la polla en la boca para callarme.
El sexo salvaje sin frenos
El mayor empuja su polla en mi coño primero, mojado como una fuente. “¡Fóllame fuerte!”, suplico entre arcadas. Cambia al culo, lento, estirándome. Duele un poco, pero placer puro. El joven me folla la boca, bolas en mi barbilla. Oigo el ascensor pitando arriba, vecinos pasando… joder, si nos pillan. El mayor acelera, palmadas en mi culo resonando. “Me corro…”, gruñe, y siento su leche caliente dentro, aunque con condón. Se aparta, el joven toma su turno. Me empotra contra la pared, polla enorme partiéndome el culo. “¡Toma, vecina zorra!”, jadea. Me corro gritando bajito, coño chorreando. Él se corre en mi boca, semen espeso tragándolo todo. Sudados, jadeantes, nos subimos la ropa rápido.
Subimos por separado. Él primero, guiño. Yo espero, piernas temblando. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. El joven con su novia, inocente. Nuestras miradas se clavan, sonrisa secreta. El mayor sale del suyo, me roza el brazo: “¿Otra vez?”. Asiento, el secreto quema. Vivo para esto, el frisson del vecino prohibido.