Anoche no podía dormir. El calor del verano se colaba por la ventana entreabierta, y de repente, oí ruidos. Gemidos ahogados, como si vinieran del piso de al lado. Mis vecinos, Diego y su mujer Laura. Me acerqué a la persiana, el corazón latiéndome fuerte. La luz de su salón filtraba en rayas amarillas, y ahí estaban: ella a cuatro patas en el sofá, él embistiéndola por detrás con fuerza. Su polla gruesa entrando y saliendo de ese coño depilado, brillando de jugos. Laura jadeaba, ‘¡Más fuerte, joder!’, y Diego gruñía respondiendo. Me mojé al instante, el clítoris palpitando. Me toqué por encima de las bragas, imaginando que era yo.

Al día siguiente, en el ascensor. Vacío, solo nosotros dos. Diego entró el último, oliendo a colonia fresca, camiseta ajustada marcando pectorales. ‘Buenas, Carmen’, murmuró con esa voz grave. Nuestras miradas se cruzaron, como si supiera que lo había visto. El ascensor bajó lento, el zumbido mecánico llenando el silencio. Su brazo rozó el mío, accidental… o no. Sentí el calor de su piel. ‘¿Dormiste bien?’, preguntó, sonrisa pícara. Dudé, tragué saliva. ‘Mejor que nunca… después de lo que vi’. Sus ojos se abrieron, pero no se apartó. La tensión crepitaba. El ascensor paró entre pisos, luz parpadeando. ‘¿Qué viste?’, susurró acercándose. Su aliento en mi cuello. No aguanté: lo besé, salvaje, lenguas enredándose. Sus manos bajaron a mi culo, apretando fuerte. ‘Joder, Carmen, me vuelves loco’. La puerta vibró, alguien pulsaba. Pero no paramos.

La mirada furtiva y la tensión que sube

Caímos en mi piso, puerta apenas cerrada. Lo empujé contra la pared del pasillo, el eco de nuestros jadeos rebotando. ‘Quítate la ropa’, ordené, voz ronca. Se bajó los pantalones, su polla tiesa saltando libre, venosa, cabezota hinchada. Me arrodillé, lamí desde las bolas hasta la punta, saboreando ese gusto salado. ‘¡Mmm, qué polla más rica!’, gemí chupando hondo, garganta apretada. Él me agarró el pelo, follando mi boca: ‘¡Trágatela toda, puta curiosa!’. Oí pasos en el pasillo fuera, vecinos pasando. El miedo me excitó más, coño chorreando. Me levantó, me arrancó las bragas. ‘Mírate, empapada por espiarnos’. Me abrió las piernas contra la puerta, metió dos dedos en mi coño, revolviéndolo. ‘¡Ah, sí, métemela ya!’. Empujó su polla de un golpe, rompiéndome, hasta el fondo. Gemí alto, mordiéndome el labio. ‘¡Cállate o nos oyen!’, rió él, pero embistió brutal, plaf plaf, mis tetas botando. Me giró, a lo perrito, polla en mi culo ahora. ‘¿Quieres anal como a Laura?’, escupió en mi ojete, entró lento al principio, luego salvaje. Dolor y placer mezclados, ‘¡Joder, me rompes el culo!’. Sudor goteando, olor a sexo llenando el aire. Me corrí gritando bajito, coño contrayéndose vacío, él llenándome el culo de leche caliente, chorros potentes. ‘¡Toma, vecina zorra!’.

Nos vestimos jadeando, risas nerviosas. ‘Esto queda entre nosotros’, dijo besándome suave. Asentí, piernas temblando. Salí al pasillo esa mañana, él bajando la basura. Nuestras miradas chocaron, sonrisa secreta. Laura pasó detrás, ajena. Sentí su semen aún dentro, secreto quemando. ‘Buenos días’, saludó él inocente. Sonreí: ‘Sí, buenísimos’. El ascensor cerró, y supe que repetiremos. El peligro nos une.

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