Era un domingo por la tarde, calor de agosto en el edificio. Yo en mi piso, sudando en bragas, mirando por la ventana entreabierta. Ahí estaba él, Miguel, mi vecino del quinto. Lo conozco desde críos, veranos en la playa, juegos tontos… esos ‘toca-pipis’ que ahora me ponen cachonda recordarlos. Bajaba del coche, camiseta pegada al cuerpo, ahora relleno pero con esa polla enorme que intuía bajo los pantalones. Hacía meses que su novia lo dejó, lo oí discutir en el pasillo.

Salí al rellano, fingiendo ir al contenedor. Nuestros ojos se cruzaron en el ascensor. ‘Ey, qué tal, hace mil que no charlamos’, dice con sonrisa pícara. El aire olía a su colonia mezclada con sudor. Puertas cerrándose, ese zumbido… nos quedamos solos. Mi mano roza su brazo sin querer. ‘¿Sigues con esa…?’ susurro, bajando la vista. Él ríe nervioso, ‘Mejor que lo veas tú misma’. La tensión sube, el ascensor para en su piso. ‘Sube un rato, anda’, me pide, voz ronca. Entro en su piso vacío, persianas bajadas, luz filtrando rayas doradas. Cerveza fría del frigo, nos sentamos en el sofá. Hablamos de viejos tiempos, de aquellas partidas donde el perdedor se quitaba el bañador, besos torpes, pollas rozándose. Mi coño palpita. ‘¿Quieres ver si creció?’, pregunta él, abriendo el pantalón. Joder, esa verga semidura, 18 cm fácil, prepucio suave.

La chispa en el ascensor

No aguanto. Le bajo el pantalón del todo, nos desnudamos rápido. ‘Chúpamela, como soñábamos de chavales’, gime. Me arrodillo, lengua en el glande cubierto, saboreo ese olor masculino. La chupo de arriba abajo, bolas peludas en mi barbilla. Se pone dura, 22 cm monstruosos. ‘No cabe toda, pero lo intento’, digo jadeando. La mamo acelerando, saliva chorreando. ‘Me voy a correr… trágatelo todo’, suplica. Dudo, ‘Vale, pero luego tú a mí’. Explota en mi garganta, leche espesa, dulzona, tanto que se me escapa por la comisura. Limpio su pija babosa, tragando hasta la última gota. ‘Hace semanas sin follar’, explica.

Ahora él. Me tumba en la cama crujiente, polla mía chupada fácil, 15 cm tiesa. ‘Qué rica estás’, murmura, lamiéndome el coño primero, clítoris hinchado. Luego me come el culo, lengua en mi ano virgen. ‘Fóllame el culo con cuidado’, pido temerosa. Saliva en su verga, empuja despacio. Duele al principio, luego placer loco. Me agarra las caderas, embiste fuerte, cama golpeando la pared. ‘Calla, que nos oyen los vecinos’, susurro riendo. ‘Que se enteren del morbo’. Va rápido, lento, me corro gritando bajito. ‘Sácamela fuera’, pido. Se corre en mis nalgas, leche caliente esparciéndola con la cabeza.

El desmadre en su habitación

Yo quiero más. Le lamo el culo, bolas, lo monto anal. Cabalgo su pija enorme, adaptándome, fondo de mí. Gemidos ahogados, sudor goteando. Él se corre dentro, yo lamo el resto. Otra ronda: me come el coño mientras le meto dedo en el culo. Branquitas mutuas, corridas en caras, gargantas. ‘Joder, qué polla tienes’, gimo masturbándolo. Precum en mis labios, néctar. Lo enculeo con mi ano otra vez, él me la mete brutal en la ducha al día siguiente, agua caliente, corridas intestinales.

Agotados, dormimos pegados. Mañana, pasillo fresco, pasos lejanos. Nos cruzamos, mirada cómplice, sonrisa secreta. ‘Hasta la próxima, vecina’, guiña. Mi coño aún duele rico, secreto quemando.

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