Ayer por la tarde, en el ascensor del edificio, nos cruzamos. Él, mi vecino del 3ºB, alto, con esa barba de tres días que me pone. Nuestros ojos se engancharon un segundo de más. Sentí un calor subiéndome por el coño. El ascensor pitó, salí temblando. Esa noche no pude dormir pensando en su paquete apretado en los vaqueros.

Al día siguiente, garabateé una nota con la mano sudada: ‘Querido…, ayer quise abrazarte y comerte la boca. Ven hoy a las 13h al Motel Ruta 14, habitación 36. Un secreto. Tu vecina cachonda’. La metí en su buzón, corazón a mil.

La mirada en el ascensor y la invitación temblorosa

Llegué al motel a las 12:30. Un antro cutre en las afueras, anónimo total, pagas con tarjeta y te dan el código. Preparé la habitación: luces tenues, cama revuelta. Nerviosa, pensé que no vendría. ¿Y si era una locura? Pero lo deseaba, su polla imaginada me mojaba.

Me escondí en el baño. Oí pasos en el pasillo, toquecito suave. ‘Pasa…’, dije fingiendo calma. Entró, miró alrededor, directo a la ventana. El parking vacío, solo su coche al lado del mío. Salí sigilosa, me pegué a su espalda, manos en sus caderas. Él se tensó, pero no se giró. Apoyó la cabeza en mi hombro. ‘¿Qué coño haces aquí?’, murmuró, voz ronca.

No contesté. Besé su cuello, salado, oliendo a colonia barata. Mis manos subieron a su pecho, duro bajo la camisa. Él suspiró, se apretó contra mí. Sentí su polla endureciéndose contra mi pubis. ‘Esto es una puta locura’, dijo, pero no se movió. Le quité la camisa, lamí su oreja. ‘Cállate y fóllame’, susurré.

Le bajé los pantalones, polla saltó libre, gorda, venosa, cabezona ya húmeda. Me arrodillé rápido, la chupé. Boca llena, saliva goteando, él gimiendo bajito. ‘Joder, vecina…’. Me levantó, me giró contra la ventana. Tiró mi falda arriba, braga a un lado. Dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando’, gruñó.

El sexo brutal contra la ventana y el secreto ardiente

Me agaché, manos en el cristal. Me metió la polla de un empujón, hasta el fondo. ‘¡Ahhh!’, gemí, mordiéndome el labio. El parking abajo, riesgo de que alguien mire. Embestidas brutales, plaf plaf, mi culo rebotando contra su vientre. Sudor goteando, ventana empañada. ‘Más fuerte, cabrón’, jadeé. Él me tapó la boca, follándome como animal.

Sus dedos en mi clítoris, frotando rápido. Yo ondulando caderas, coño apretándolo. ‘Me corro…’, avisó. Yo ya explotaba, jugos bajando piernas. Eyaculó dentro, caliente, gruñendo en mi cuello. Nos quedamos jadeando, pegados.

Se apartó primero. Se vistió rápido, sin mirarme. ‘Esto no pasó’, dijo serio. Salió. Yo me duché, temblando aún.

Al día siguiente, en el pasillo. Nuestros ojos se cruzaron. Sonrisa cómplice, él guiñó. ‘Buenas tardes, vecina’. Su mano rozó la mía. El secreto quema, y ya quiero más.

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