Tenía 42 años y me sentía un poco apagada, pero mi libido seguía intacta. Vivo en un viejo edificio en Madrid, paredes finas, balcones pegados. Una noche de verano, con el calor pegajoso, salgo al balcón a fumar. Oigo gemidos bajitos del ático de al lado. Me asomo un poco, la cortina mal cerrada deja ver todo. Mi vecino, un tipo de unos 35, musculoso, tatuado, follando a su novia contra la barandilla. Ella gime fuerte, él la embiste con polla dura, sudados los dos. Sus tetas rebotan, él le agarra el culo. Me mojo al instante, coño palpitando. Apago el cigarro y me toco disimuladamente, imaginando que soy yo.

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Al día siguiente, en el ascensor, nos cruzamos. Él solo, camiseta ajustada marcando pectorales, pantalón de trabajo sucio. Huele a hombre, a sudor. ‘Buenas’, dice con sonrisa pícara. Yo, en falda corta, noto su mirada en mis piernas. ‘Hace calor, ¿eh?’, balbuceo, recordando la escena. El ascensor para en mi piso, pero se atasca un segundo. Nuestros cuerpos se rozan, su paquete duro contra mi muslo. ‘Perdón’, murmura, pero no se aparta. Salgo temblando, coño chorreando.

La mirada indiscreta y la tensión que sube

Esa tarde, toco a su puerta. ‘Oye, ¿tienes un destornillador? Se me rompió una lámpara’. Miente, pero él abre, en calzoncillos, torso desnudo. ‘Pasa, Ana’. Entramos, la tensión explota. Me empuja contra la pared del pasillo, boca en mi cuello. ‘Te vi anoche en el balcón, zorra voyeur’. Le beso, manos en su polla gruesa. ‘Fóllame ya, joder’.

Me arrastra al salón, ventana abierta al balcón. Me arranca la falda, sin bragas. ‘Mira qué coño mojado’. Me come el chocho de rodillas, lengua dentro, chupando clítoris. Gimo alto, ‘¡Sí, cabrón!’. Me pone a cuatro patas en el sofá, polla enorme entrando de golpe. ‘¡Joder, qué prieta!’, gruñe. Me taladra fuerte, huevos golpeando mi culo. Cambio posición, yo encima, cabalgando su verga, tetas en su cara. ‘Chúpamelas, muerde’. Sudamos, piel contra piel, olor a sexo. ‘Cállate o nos oyen los vecinos’, susurra, pero me folla más duro. Le pido anal: ‘Métemela por el culo, rómpeme’. Lubrica con saliva, entra despacio, duele rico. Me corro gritando, él eyacula dentro, preservativo lleno.

El sexo salvaje y el miedo a los vecinos

Caemos exhaustos, respirando agitados. ‘Ha sido brutal’, dice riendo. Me visto rápido, beso fugaz. ‘No se lo digas a nadie’. Salgo, piernas flojas.

Al día siguiente, pasillo. Él baja la basura, yo voy al súper. Nuestras miradas se cruzan, sonrisa secreta. ‘¿Todo bien por arriba?’, pregunto picara. ‘Perfecto, pero el balcón necesita ventilación’, guiña. Paso rozándole, siento su mano en mi culo disimuladamente. El ascensor llega, entramos solos. Puerta cierra, me besa rápido. ‘Otra vez pronto’. Salgo con el coño palpitando de nuevo. Ahora cada cruce es fuego, secreto ardiente que nos une. No hay monotonía, solo ganas de más riesgo.

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