Ayer por la tarde, bajaba en el ascensor del edificio, con las bolsas de la compra pesando. Se abrió en el cuarto piso y entró él, mi vecino Pedro, el del 4ºB. Alto, con esa barba de tres días que me pone, y esos ojos que siempre me miran un segundo de más. ‘Buenas tardes, Carmen’, dijo con esa voz grave. Yo sonreí, sintiendo ya el cosquilleo. El ascensor era viejo, crujía un poco, y olía a su colonia mezclada con el aire rancio del hueco. Nuestras manos se rozaron al girar, y joder, fue eléctrico. Él no apartó la mirada, yo tampoco. ‘Hace calor aquí, ¿no?’, murmuró, y su mano subió despacio por mi brazo. El corazón me latía fuerte, el ascensor pitaba en cada piso. En el segundo, paramos, nadie entró. Fue el momento. Lo miré fijo: ‘Pedro, ¿vienes a mi casa o subo yo?’. Él sonrió, pícaro, y pulsó el botón de parar. ‘Ven a la mía, rápido’. La puerta se abrió en su piso, lo seguí al pasillo, oyendo mis tacones en el suelo de mármol frío. Entramos, puerta cerrada con llave. El riesgo de que alguien pasara… uf, me ponía a mil.

Ya dentro, no perdimos tiempo. Me empujó contra la pared del pasillo, beso salvaje, lenguas enredadas, su barba raspándome la piel. ‘Joder, Carmen, te como desde que te vi por la ventana’, gruñó. Le arranqué la camisa, sintiendo sus pelos del pecho bajo mis uñas. Él me bajó los pantalones de un tirón, mi tanga al lado. ‘Mira cómo estás de mojada ya, puta vecina’. Me arrodillé, saqué su polla dura como piedra del pantalón. Grande, venosa, olía a hombre sudado. La chupé profunda, garganta hasta las bolas, saliva chorreando. Él gemía alto, ‘¡Sí, así, cabrona!’. Miedo a que los vecinos oyeran, paredes finas, pero eso me excitaba más. Me levantó, me llevó al sofá, me abrió las piernas. ‘Voy a follarte ese coño hasta que grites’. Lamía mi clítoris, dedos dentro, chapoteando mi humedad. Yo arañaba el sofá, mordiéndome el labio: ‘¡Pedro, métemela ya, no aguanto!’. Se puso encima, polla rozando mi entrada, y embistió fuerte. Dolor-placer, me llenaba entera. Follando como animales, sudor goteando, sofá crujiendo. ‘¡Más fuerte, que nos oigan!’, jadeé. Él aceleró, bolas golpeando mi culo, mis tetas botando. Me corrí gritando, coño contrayéndose en su polla. Él siguió, ‘Me vengo dentro, ¿eh?’, y explotó, leche caliente llenándome. Quedamos jadeando, cuerpos pegados, olor a sexo por todo el piso.

La tensión en el ascensor que lo cambió todo

Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Él con la bolsa de basura, yo con el perro. ‘Buenos días, vecina’, dijo con guiño. Yo ruborizada, pero sonriendo: ‘¿Dormiste bien?’. Sus ojos decían todo: nuestro secreto ardiente. Pasos en el corredor, vecinos pasando, pero solo nosotros sabíamos del polvo de ayer. El ascensor pitó, subí con él, mano rozando otra vez. ‘Esta noche, ¿repito?’, susurró. Joder, el vicio vecinal acaba de empezar.

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