Estaba en mi balcón, con el aire fresco de la noche pegándome en la piel. Fumé un cigarro, mirando sin querer al piso de al lado. Las persianas mal cerradas dejaban filtrar una luz tenue. Allí estaban Orly, el chico nuevo y tímido del quinto, y su novia Zara, la goth de labios negros. Se comían la boca con hambre. Ella le bajó los pantalones de un tirón, sacó esa polla gruesa que no me esperaba de un tipo tan callado. Él gemía bajito, las manos enredadas en su melena oscura. Zara se arrodilló, chupándosela como loca, saliva goteando. El ruido de sus succiones llegaba hasta mí, mezclado con el tráfico lejano. Me mojé al instante, tocándome disimuladamente. Dios, qué morbo verlos así, tan cerca, tan expuestos.
Al día siguiente, en el ascensor. Solos. Él entró con la cabeza gacha, oliendo a jabón fresco. Nuestras miradas chocaron en el espejo. ‘Anoche… te vi desde mi balcón’, le solté, voz ronca. Se puso rojo como un tomate, tartamudeando: ‘¿E-en serio? Joder…’. Mi mano rozó su paquete, ya medio duro. ‘Me puso a cien verte follarle la polla a Zara’. El ascensor pitó, puertas cerradas. Lo empujé contra la pared, besándolo con lengua, mordiéndole el labio. Sus manos temblorosas me subieron la falda. ‘Ven a mi piso, ahora’, le dije. Bajamos en mi planta, pasos apresurados en el pasillo silencioso. Entramos, puerta azotada.
La mirada indiscreta y la chispa en el ascensor
Lo tiré en el sofá, le arranqué la camisa. ‘Muéstrame esa verga que vi anoche’. Se la sacó él mismo, tiesa y venosa, goteando precum. Me arrodillé, embuchándola hasta la garganta. ‘¡Joder, qué polla más buena!’, gruñí, lamiendo las bolas peludas. Él jadeaba: ‘Carmen… para, Zara…’. ‘Que le den, fóllame tú ahora’. Me puse a cuatro patas en la alfombra, coño chorreando. Entró de un empellón, rompiéndome en dos. ‘¡Sí, así, raméname el coño!’. Golpes secos, piel contra piel, el sofá crujiendo. Sudor goteando, olor a sexo llenando el aire. ‘Cállate o nos oyen los vecinos’, susurró él, pero yo gemía más fuerte: ‘¡Que nos pillen, me da igual!’. Me volteó, piernas al hombro, clavándomela hasta el fondo. Sentía su glande besándome el útero. ‘Me vengo… ¡lléname de leche!’, grité. Él explotó, chorros calientes inundándome el chocho. Me corrí temblando, uñas en su espalda, mordiéndome el puño para no chillar.
El clímax brutal y el secreto compartido
Zara irrumpió de repente, puerta entreabierta. ‘¿Qué coño…?’. Pero sonrió pícara, uniéndose. Se lamió los labios: ‘Mi turno con esta polla’. Orly, aún duro, la folló mientras yo le chupaba las tetas. Gemidos triplicados, camas vecinas testigos mudos. El placer del riesgo, de ser oída en el bloque entero.
Al día siguiente, pasillo. Orly y Zara bajando la basura. Nuestras miradas se cruzaron, sonrisas cómplices. Él guiñó: ‘Repetimos?’. Zara me rozó el culo disimuladamente. ‘Cuando quieras, vecinos’. Corazón acelerado, secreto ardiendo. El ascensor pitó, invitándonos al siguiente round.