Estaba bajando en el ascensor, tarde, como siempre. Las luces parpadeaban un poco, ese viejo edificio nuestro. Oí pasos en el pasillo, rápidos, y de repente entró él, mi vecino del quinto. Alto, moreno, con esa camiseta ajustada que marca sus músculos. Nuestras miradas se cruzaron… uf, esa electricidad. ‘Buenas noches’, murmuró, con voz ronca. Yo sonreí, nerviosa, sintiendo el calor subir. El ascensor se cerró, solo nosotros dos. El aire se volvió pesado, olía a su colonia mezclada con sudor del gimnasio.

Nos quedamos callados al principio. Yo apoyada en la pared, él cerca, demasiado cerca. Sentí su mirada bajando por mi escote, mi blusa ligera de verano. ‘Hace calor aquí, ¿no?’, dijo, rompiendo el hielo. Asentí, mordiéndome el labio. El ascensor frenó entre pisos, un tirón. ‘Mierda’, soltó él, riendo nervioso. Se acercó más, su mano rozó mi cadera ‘por accidente’. Mi corazón latía fuerte. Lo miré a los ojos, y… pasó. Lo besé. Duro, hambriento. Sus manos en mi culo, apretando. ‘Joder, no deberíamos…’, susurró, pero su lengua ya estaba en mi boca.

La mirada en el ascensor y la barrera que cae

La barrera cayó ahí, en ese cubículo metálico. Subió mi falda, sus dedos encontraron mi tanga empapada. ‘Estás chorreando’, gruñó, metiendo un dedo dentro. Gemí bajito, el eco en las paredes me asustó. ‘Calla, que nos oyen’, dije, pero arqueé la espalda. Pulsó el botón de parada, el ascensor se detuvo. Me giró, contra la pared fría. Bajó mis bragas de un tirón. Su polla, dura como piedra, la saqué del pantalón. Gruesa, venosa, palpitando. La froté contra mi coño, resbaladizo. ‘Fóllame ya’, le supliqué, voz temblorosa.

Me penetró de golpe, hasta el fondo. ‘¡Ahhh!’, ahogué el grito contra su hombro. Embestía fuerte, salvaje, el ascensor temblaba con cada golpe. Su polla me abría, rozando mi punto G, jugos chorreando por mis muslos. ‘Tu coño es una puta maravilla, tan apretado’, jadeaba él, mordiéndome el cuello. Yo clavaba uñas en su espalda, moviendo caderas para más. El riesgo… dios, el ascensor podía arrancar, alguien pulsar. Ese peligro me ponía más cachonda. Le chupé la oreja, susurré: ‘Córrete dentro, lléname’. Aceleró, bolas golpeando mi clítoris. Oí voces lejanas en el pasillo, pasos… nos quedamos quietos un segundo, pollas empotrada, conteniendo la respiración. Luego, ¡zas!, siguió follando como un animal.

El clímax brutal y el regreso al silencio

Explotamos juntos. Su leche caliente inundó mi coño, yo me corrí temblando, mordiendo su camisa para no gritar. ‘Joder… joder…’, repetía él, saliendo despacio, semen goteando. Nos arreglamos rápido, sudorosos, oliendo a sexo. Pulsó para seguir bajando. Salimos por separado, yo primero, piernas flojas.

Al día siguiente, en el pasillo, luz filtrando por las persianas. Pasos suaves, el crujido del suelo viejo. Nuestras miradas se cruzaron de nuevo. Él sonrió de lado, cómplice. ‘Buenos días, vecina’, dijo bajito, voz cargada de secreto. Sentí mi coño palpitar al recordarlo. Asentí, ruborizada, pero excitada. ‘Sí… buenos días’. Pasó rozándome, su mano discreta en mi cintura un instante. El ascensor pitó, vacío. Sabíamos que pasaría otra vez. Ese fuego prohibido, el vecino de al lado… adictivo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *