Vivo en un edificio viejo del centro, de esos con balcones que se miran de frente. Mi vecino del quinto, Marcos, es un tío de unos 40, moreno, con brazos fuertes de gimnasio y esa sonrisa que te calienta la entrepierna. Al principio, solo lo veía de lejos. Por las noches, la luz de su salón filtra a través de las persianas, y yo… joder, no podía evitar espiar. Lo veía quitarse la camisa, sudado después del curro, bebiendo una birra en calzoncillos. Su polla marcada, gruesa. Me ponía cardíaca, me tocaba el coño pensando en él, con el aire fresco del balcón rozándome las tetas.

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Una tarde, bajando al súper, nos cruzamos en el pasillo. Pasos lentos, eco en el cemento. ‘Hola, vecina’, dice con voz grave, ojos clavados en mis pezoncillos duros bajo la camiseta fina. Yo sonrío, nerviosa. ‘Hola… calor hoy, ¿eh?’. Se acerca, casi roza mi brazo. Huelo su colonia mezclada con sudor. En el ascensor, solos. Puertas cierran con ese zumbido viejo. Silencio pesado. Siento su mirada bajando por mi culo en leggins. ‘Te he visto en el balcón’, murmura. Me giro, ruborizada. ‘¿Sí? ¿Y qué hacías tú?’. Ríe bajito. ‘Mirando’. La tensión sube, el aire se espesa. Su mano roza mi cadera. No me aparto. El ascensor para en su planta. ‘Sube un momento’, susurra. Dudo. ‘Mis vecinos…’. Pero entro. La puerta del piso cierra suave.

La mirada que lo cambió todo

Dentro, olía a hombre: cuero, humo, sexo viejo. Me empuja contra la pared del pasillo, boca en mi cuello. ‘Joder, no aguanto más verte mover ese culo’. Le beso, salvaje, lenguas enredadas. Manos por todas partes. Me arranca la camiseta, chupa mis tetas duras. ‘Qué pezonazos, puta’. Gimo bajito, miedo a que oigan los vecinos de al lado. Le bajo el pantalón, su polla salta, venosa, goteando. Gruesa como mi muñeca. ‘Chúpamela’, ordena. Me arrodillo en el suelo frío. La meto en la boca, profunda. Sabe salado, masculina. La chupo fuerte, lengua en el glande, bolas en la mano. Él gime: ‘Sí, así, cabrona, trágatela’. La garganta me arde, saliva chorreando. Me pone de pie, leggins abajo, braga a un lado. Dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, zorra’. Me folla con dos dedos, rápido. ‘¡Ah! Para, nos oyen’, susurro. Pero no para. Me gira, contra la pared. Polla en mi entrada, empuja. Entra de golpe, me llena. ‘¡Joder, qué prieta!’. Me taladra, pellizca el clítoris. Sudor gotea, nuestros jadeos rebotan. ‘Cállate o nos pillan’, dice riendo, pero acelera. Siento su vientre contra mi culo, huevos golpeando. Me corro primero, coño apretando su verga, mordiéndome el labio. Él gruñe: ‘Me vengo’. Chorros calientes dentro, sin goma. Se sale, semen bajando por mi muslo.

Minutos después, nos vestimos rápido. ‘Vete por las escaleras’, dice. Bajo temblando, piernas flojas, olor a sexo en la piel. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Pasos que se frenan. Sus ojos brillan. ‘Buenos días, vecina’. Sonrío pícara, rozo su mano. ‘Buenos días… ¿dormiste bien?’. Él guiña: ‘Como un bebé’. Los vecinos pasan de largo, sin saber el secreto que nos quema. Cada mirada ahora es promesa de más. El ascensor ya no es el mismo. El edificio entero huele a prohibido.

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