Todo empezó hace unas semanas. Yo en mi balcón, fumando un cigarro a media noche, el aire fresco rozándome la piel. Oí risas… y gemidos. Del piso de al lado, el vecino nuevo, ese tipo alto, moreno, con esa sonrisa que te calienta. Su ventana entreabierta, luces tenues filtrando por las persianas. La vi a ella, su mujer, de rodillas chupándosela. Su polla dura, gruesa, entrando y saliendo de su boca. Él gimiendo bajito, “joder, así…”. Me quedé paralizada, el corazón latiéndome fuerte, mi coño humedeciéndose sin tocarme. Apagué el cigarro rápido, pero esa imagen… uf, no se iba.

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Al día siguiente, en el ascensor. Solos. Él entra, huele a colonia fuerte, sudor del gym. Nuestras miradas se cruzan, sonrío nerviosa. “Buenas”, dice con voz ronca. El ascensor sube lento, zumbido constante. Siento su calor cerca. “¿Dormiste bien?”, pregunta, ojos clavados en los míos. Trago saliva. “Sí… vi algo interesante anoche”. Se ríe, se acerca un paso. “¿Ah sí? Cuéntame”. El ascensor para en mi piso, pero no salgo. Sus manos en mi cintura, “¿Me viste, verdad?”. Asiento, temblando. Sus labios rozan mi cuello, olor a hombre. Pulso el botón de parar, puertas cerradas. “Cállate y fóllame”, susurro.

La mirada que lo cambió todo

Me gira contra la pared, frío metal en mis tetas. Baja mi pantalón yoga de un tirón, tanga al lado. Su polla ya dura contra mi culo, frotándola. “Estás empapada, puta curiosa”. Empuja, entra de golpe en mi coño, profundo. Grito ahogado, mordiéndome el labio. El ascensor tiembla un poco, ¿y si alguien llama? Ese riesgo… me pone a mil. Me folla fuerte, palmadas en el culo resonando, plof plof. “Cógeme la polla con ese coño apretado”. Sus dedos en mi clítoris, frotando rápido. Gimo, “más… joder, no pares”. Siento sus huevos golpeándome, sudor goteando. Él gruñe, “me corres encima”. Oigo pasos en el pasillo fuera, corazón en la garganta. Aprieto, me corro temblando, jugos chorreando por mis muslos. Él saca, me gira, mete en mi boca. Chorros calientes, trago todo, salado, espeso.

El clímax en la oscuridad

Se sube el pantalón rápido, yo me limpio con la mano, riéndonos nerviosos. Puertas abren, salimos. “Hasta mañana, vecina”. Esa noche, mensajes: “Fue una locura. Repetimos?”. Sonrío en la cama, coño aún palpitando.

Al día siguiente, pasillo. Él saliendo con bolsas. Nuestras miradas, ese secreto quemando. Sonrío, guiño. Él pasa rozándome el brazo, susurro “esta noche, mi piso”. El aire cargado, pasos lejanos de otros vecinos. Mi piel erizada, sabiendo que nadie sabe… pero podría. Ese frisson, el peligro, me tiene enganchada. Quiero más.

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