Ayer por la tarde, estaba en mi balcón fumando un cigarro, con el aire fresco rozándome las piernas bajo la falda corta. Oí pasos en el pasillo, pesados, como de alguien cabreado. Miré por la rendija de las persianas y vi a Pablo, el vecino del quinto, discutiendo con su novia en el pasillo. Ella gritaba algo de ‘siempre igual’, y él, con esa camiseta ajustada marcando sus músculos, la mandó a la mierda. Se separaron, ella subió furiosa, él bajó. Nuestras miradas se cruzaron un segundo en el ascensor abierto. Sonreí, picarona. Él dudó, entró conmigo.
El ascensor cerró con ese zumbido metálico que pone los nervios de punta. Silencio espeso. ‘¿Todo bien?’, le pregunté, voz baja, juguetona. Él se giró, ojos clavados en mis tetas bajo la blusa fina. ‘Joder, qué calor hace aquí’, murmuró, sudando. Me acerqué un paso, el olor a su colonia mezclada con sudor me mareó. ‘Sí, mucho… ¿Quieres que te ayude a refrescarte?’, susurré, rozando su brazo. Su mano voló a mi cintura, tirando de mí. ‘Eres una puta tentación, Laura’, gruñó, y me besó duro, lengua invadiendo mi boca. El ascensor paró en mi planta, pero pulsé el botón de parar entre pisos. La barrera cayó ahí, con el corazón latiéndome en la polla que notaba dura contra mi muslo.
La mirada que lo cambió todo en el ascensor
Sus manos subieron mi falda, rasgando la tanga de un tirón. ‘Mira cómo estás de mojada, cerda’, dijo, metiendo dos dedos en mi coño empapado. Gemí fuerte, el eco en el ascensor me asustó. ‘Cállate o nos oyen’, jadeó él, pero me follaba los dedos sin parar, el jugo chorreándome por las piernas. Le bajé el pantalón, su polla saltó enorme, venosa, goteando pre-semen. ‘Métemela ya, joder’, supliqué, girándome contra la pared fría. Me embistió de golpe, polla gruesa partiéndome el coño, bolas golpeando mi culo. ‘¡Qué apretada estás, puta vecina!’, rugió, follándome salvaje, el ascensor temblando. Oí voces lejanas en el pasillo, el pánico me apretó más el coño alrededor de su verga. Él tapó mi boca, pero yo mordí su mano, gimiendo ahogada. ‘Me voy a correr dentro’, avisó, acelerando. ‘¡Sí, lléname de leche!’, chillé bajito. Eyaculó a chorros, caliente, desbordándome, mientras yo me corría temblando, uñas clavadas en la pared, olor a sexo impregnando todo.
Se retiró despacio, semen chorreando por mis muslos. Nos subimos la ropa a prisa, riendo nerviosos. ‘Esto no queda aquí’, murmuró él, besándome el cuello. Pulsé para abrir, salimos como si nada. Al día siguiente, en el pasillo, luz filtrando por las ventanas, nos cruzamos. Él con la compra, yo con el correo. Nuestras miradas chocaron, cómplices. ‘Buenos días, vecino’, dije sonriendo, sintiendo su semen seco aún en mi coño. ‘Buenos días… y noches’, respondió guiñando, rozando mi mano. El secreto quema, cada paso en el pasillo huele a más. ¿Repetimos pronto?