Ayer por la tarde, volvía del gym sudada, con el corazón latiendo fuerte. El pasillo del edificio estaba en silencio, solo se oían mis zapatillas chirriando contra el suelo. De repente, la puerta del vecino del quinto se abrió. Él, ese viudo de unos cincuenta, bien puesto, con esa mirada que siempre me ponía la piel de gallina. ‘Hola, guapa’, me dijo con voz grave. Nuestras manos se rozaron al pasar, y sentí un calor bajando directo al coño.

Subimos en el ascensor juntos. El aire estaba cargado, olía a su colonia mezclada con mi sudor. Nos miramos por el espejo, él de reojo, yo mordiéndome el labio. ‘Hace calor hoy, ¿eh?’, murmuró, acercándose un poco. Sus dedos rozaron mi culo al ‘ajustarse’. Mi corazón martilleaba. Pulsé el quinto por instinto. Cuando se abrieron las puertas, me agarró la muñeca. ‘Entra un momento, tengo algo para ti’. Dudé, pero el frisson de ser vista por alguien me encendió. Entré, la puerta se cerró con un clic que sonó como una sentencia.

La tensión que estalló en el ascensor

No perdimos tiempo. Me empujó contra la pared del pasillo de su casa, sus labios en los míos, duros, urgentes. ‘Joder, te deseo desde que te vi en el balcón’, gruñó. Le arranqué la camisa, sintiendo su pecho peludo bajo mis uñas. Bajó mi legging de un tirón, exponiendo mi coño depilado, ya mojado. ‘Mira cómo chorreas, puta’, dijo, metiendo dos dedos sin piedad. Gemí fuerte, tapándome la boca por miedo a los vecinos de abajo. El placer del riesgo me volvía loca.

Me arrodillé, saqué su polla gorda, venosa, palpitando. Olía a macho puro. La lamí desde la base hasta el glande, chupando como una perra en celo. ‘Sí, trágatela toda’, jadeó, agarrándome el pelo. La metí hasta la garganta, tosiendo saliva, mientras él me follaba la boca. Me levantó, me llevó al sofá junto a la ventana. Las persianas filtraban la luz del atardecer, sombras bailando en su piel. Me abrió las piernas, su lengua en mi clítoris, lamiendo mi flujo como un hambriento. ‘Tu coño sabe a gloria’, murmuró entre lametones. Me corrí gritando bajito, mordiendo el cojín, ondas de placer sacudiéndome.

El regreso con el secreto ardiendo

‘Ahora te voy a follar como mereces’, dijo, poniéndome a cuatro patas. Su polla rozó mi entrada, untándola en mis jugos. Entró de golpe, llenándome hasta el fondo. ‘¡Joder, qué apretada!’, rugió. Me embistió fuerte, sus huevos chocando contra mi culo, el sofá crujiendo. Sudábamos, el olor a sexo impregnaba todo. ‘Cállate o nos oirán’, susurré entre gemidos, pero él aceleró, follándome más salvaje. Me corrí otra vez, mi coño contrayéndose alrededor de su verga.

Se sacó, escupió en mi ano. ‘¿Quieres por el culo, vecina zorra?’. Asentí, arqueando la espalda. Empujó despacio, abriéndome, el dolor dulce mezclándose con placer. ‘¡Sí, encula a tu puta!’, le rogué. Me taladró el ojete, profundo, sin parar. Sus dedos en mi coño, frotando el clítoris. Oía pasos en el pasillo fuera, el corazón en la garganta, pero eso me ponía más cachonda. ‘Me voy a correr dentro’, avisó. Cambié de posición, él volvió al coño, descargando chorros calientes, inundándome. Se quedó dentro, palpitando, mientras yo temblaba.

Después, nos vestimos en silencio, risas nerviosas. ‘Vuelve cuando quieras’, me dijo guiñando. Salí, piernas flojas, su semen goteando por mis muslos. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Él con la compra, yo con el café. Nuestras miradas se clavaron, sonrisas cómplices. ‘Buenos días, vecina’, dijo bajito, rozándome la mano. Sentí el calor otra vez. El secreto quema, y sé que no será la última vez. El edificio entero parece más vivo ahora.

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