Ay, chicas, no sabéis lo que me pasó el otro día con mi vecino del quinto. Ese calvo con bigote gris, el del bajo de enfrente, siempre con esa mirada de lobo. Vivo en un edificio viejo de Montmartre, balcones pegados, persianas que no cierran bien. Era de noche, calor pegajoso, aire fresco del balcón me erizaba la piel. Oí pasos en el pasillo, crujido de la puerta de enfrente. Miré por la rendija de las persianas… y allí estaba él, en calzoncillos, polla en mano, pajeándose furioso. Luz tenue de la calle filtrándose, su mano subiendo y bajando esa verga gorda, venosa, cabezota roja brillando de sudor. Se mordía el labio, ojos clavados en mi ventana. Me mojé al instante, coño palpitando. No pude apartar la vista, el slap-slap de su mano contra la piel, gruñidos bajos. Se corrió como un animal, leche espesa salpicando el suelo. Se limpió, pero yo… yo me toqué discretamente, dedos resbalando en mi humedad.

Al día siguiente, ascensor. Compartido, eh. Entró él, olor a colonia barata y tabaco. ‘Buenas’, murmuró, voz ronca. Yo, falda corta, blusa escotada, sudando por el calor. Ascensor viejo, traquetea, luz parpadeante. Sus ojos bajaron a mis tetas, pezones duros marcados. ‘Anoche… te vi mirando’, soltó de golpe. Me quedé helada, corazón latiendo fuerte. ‘¿Qué?’. Sonrió, mano rozando mi cadera. ‘Y yo a ti, tocándote’. El ascensor se paró entre pisos, un tirón seco. Oscuridad un segundo, luego luz amarilla. ‘Joder, qué puta casualidad’, pensé. Su mano subió por mi muslo, falda arremangada. ‘Déjame probarte’, susurró, aliento caliente en mi cuello. No dije no. Lo quería. Barrera caída, vecinos, prohibido, pero eso me ponía más.

La mirada que lo cambió todo

Me giró contra la pared, metal frío en mis tetas. Bajó mis bragas de un tirón, humedad chorreando por mis piernas. ‘Mira cómo estás de puta mojada’, gruñó, dedos abriendo mi coño, metiendo dos de golpe, chapoteo obsceno. Gemí, mordiéndome el labio. ‘Cállate o nos pillan’, pero su polla ya libre, gorda, dura como piedra, restregándola en mi culo. ‘Te la meto ya’, jadeó. Empujó, glande abriendo mi entrada, estirándome. ‘¡Joder, qué prieta!’, ahogó un gemido. Me folló salvaje, embestidas profundas, huevos golpeando mi clítoris. Sudor goteando, olor a sexo llenando el ascensor. ‘Más fuerte, cabrón’, susurré, arqueando espalda. Me tapó la boca, dedos en mi lengua, mientras me taladraba. Oí voces en el pasillo de abajo, pasos lejanos. Miedo, placer. ‘Me corro dentro’, avisó. ‘Sí, lléname la concha’. Chorros calientes inundándome, yo explotando, coño contrayéndose, jugos bajando piernas. Sacó, leche mezclada con mi crema goteando al suelo.

El regreso con el secreto ardiendo

Ascensor arrancó, nos subimos la ropa a toda prisa. Bajó en su piso, yo en el mío. ‘Hasta mañana, vecina’, guiño cómplice. Dormí con su semen secándose en mis muslos.

Hoy, pasillo. Cruce casual. Él con bolsas de la compra, yo volviendo del gym. ‘Buenos días’, sonrisa inocente. Pero sus ojos… fuego. Mi coño se mojó recordando. Pasos resonando, puertas cerrándose. ‘Esta noche, balcón abierto’, murmuró bajito. Asentí, temblando. Secreto nuestro, ardiente, esperando la próxima. Dios, qué vicio este edificio.

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