Vivo en un edificio viejo del centro, de esos con ascensores que crujen y paredes finas. Hace unas semanas, vi al chico nuevo del quinto. Moreno, atlético, unos 25 años. Siempre con bolsas del gym o compras. Una tarde, bajo las escaleras –el ascensor estaba jodido– y nos cruzamos en el pasillo. Él luchaba con un montón de bolsas de ropa cara, sudando. ‘¿Necesitas ayuda?’, le dije, sonriendo. ‘Sí, gracias… soy Pablo, el nuevo’. Tomé unas bolsas, nuestros brazos se rozaron. El olor a su colonia fresca me subió por la nariz. Subimos juntos cuando el ascensor llegó, apretados. Sus caderas contra las mías, el calor subiendo. Miré su paquete marcado en los vaqueros. Él carraspeó, nervioso. ‘Vives aquí sola?’, preguntó. ‘Sí, viuda reciente. Tú?’. ‘Soltero’. Silencio pesado, el zumbido del ascensor. Sus ojos bajaron a mi escote, mi blusa ajustada. Sentí un cosquilleo en el coño.
Al día siguiente, nos pillamos otra vez. Él con más bolsas, yo volviendo del curro. ‘Otra vez tú salvándome’, rió. Le ayudé hasta su puerta. Dentro, un piso minimal, luz tamizada por persianas. ‘Pasa un rato, un café’. Dudé, pero el pasillo vacío… Entré. Charlamos en la cocina, vino en vez de café. Se acercó, ‘Eres guapa, ¿sabes?’. Su mano en mi cintura. El corazón me latía fuerte. ‘Pablo… los vecinos…’. Pero sus labios en mi cuello. Gemí bajito. Nos besamos contra la encimera, lenguas enredadas, su polla dura contra mi vientre. ‘Ven al ascensor mañana, a las 8’, susurró. El riesgo me ponía cachonda.
La mirada que lo cambió todo en el pasillo
Esa noche soñé con él. Al día siguiente, esperé. Pasos en el pasillo, el ascensor pitó. Entró, cerró. Sus manos en mis tetas, apretando. ‘Joder, no aguanto más’. Bajé su cremallera, saqué su polla gruesa, venosa. La chupé ahí mismo, de rodillas, saliva goteando. Él gemía, ‘Cuidado, se oye todo’. Puertas abriéndose abajo. Subí, él levantó mi falda, rompió mis bragas. Me penetró de pie, contra la pared. Mi coño chorreaba, chapoteaba. ‘¡Fóllame fuerte!’, jadeé. El ascensor paró en su piso. Salimos corriendo, riendo nerviosos, a su puerta.
Una vez dentro, brutal. Me tiró en el sofá, polla en mi boca profunda, arcadas deliciosas. ‘Trágatela toda, puta vecina’. Le lamí las huevos, mordí suave. Se puso a cuatro, comí su culo. Luego, en la cama, me abrió las piernas. ‘Mira qué coño mojado’. Me lamió el clítoris, dedos dentro, ‘¡Vas a gritar y nos pillan!’. Gemí alto, ‘¡Que oigan, joder!’. Me folló misionero, polla embistiendo, tetas rebotando. Cambiamos, yo encima, cabalgando, nalgas chocando. ‘¡Más rápido, rómpeme!’. Sudor, olor a sexo. Me puso a perrito, azotando mi culo. ‘Tu ano… ¿lo quieres?’. ‘Sí, despacio al principio’. Escupió, metió un dedo, luego dos. Su verga entró, apretada, dolor-placer. ‘¡Aaaah, me rompes el culo!’. Me sodomizó salvaje, bolas golpeando. Grité, orgasmos en cadena, él se corrió dentro, semen caliente. ‘¡Joder, qué polvazo!’.
El clímax en su cama, gimiendo sin frenos
Caímos exhaustos, respirando agitados. Luz de farola filtrando persianas, aire fresco del balcón abierto. ‘Ha sido… increíble’, murmuró. Nos duchamos juntos, caricias suaves. Salí de noche, pasillo vacío.
Al día siguiente, cruzándonos en el rellano. Sonrisas cómplices, rojez en mejillas. ‘Buenos días, vecina’, guiñó. Sentí su semen fantasma en mí. ‘Hasta la noche?’, susurré. Asintió. El secreto quema, pasos de otros vecinos… puro vicio.