Estaba en mi balcón, fumando un cigarro a media noche, cuando oí los gemidos. Venían del quinto, del piso de enfrente. La luz filtraba por las persianas mal cerradas, siluetas moviéndose. Él la tenía contra la pared, follando duro. Sus tetas rebotaban, ella jadeaba bajito, pero el plaf, plaf de la polla contra su coño llegaba claro. Me mojé al instante, el aire fresco del balcón erizándome la piel. Apagué el cigarro y me metí dentro, pero esa imagen se me quedó grabada.
Al día siguiente, en el ascensor, nos cruzamos. Carlos, el vecino del quinto, alto, musculoso, con esa barba de tres días que me pone. Nuestros brazos se rozaron, el espacio estrecho, el olor a su colonia mezclándose con mi perfume. ‘Buenas tardes’, murmuró, mirándome los labios. Yo sonreí, ‘Qué calor hace aquí, ¿no?’. Sus ojos bajaron a mi escote, mi blusa ajustada marcando los pezones. El ascensor paró en mi piso, pero dudé, el corazón latiéndome fuerte. ‘¿Subes a tomar algo?’, soltó él, la voz ronca. La puerta se cerró, seguimos subiendo.
La tensión que sube en el edificio
Llegamos a su puerta, entramos. ‘Solo un masaje, estoy destrozada’, mentí, quitándome la blusa. Se quedó en calzoncillos, sus manos fuertes en mis hombros, bajando por mi espalda. El aceite olía a vainilla, sus dedos amasando mis nalgas, separándolas. ‘Joder, qué culo más rico’, gruñó. Me puse a cuatro patas en el sofá, él se arrodilló detrás. Sus dedos rozaron mi coño empapado, metiendo uno, luego dos. ‘Estás chorreando, puta’, dijo, y me dio una nalgada que resonó. Gemí alto, las paredes finas, ¿y si nos oyen?
Me giró, lengua en mi clítoris, lamiendo como loco, chupando mi jugo. ‘Sabe a miel’, jadeó. Le agarré la cabeza, empujando contra mí. Su polla tiesa rozaba mi muslo, gorda, venosa. ‘Fóllame ya, Carlos, no aguanto’. Se puso de pie, piernas en sus hombros, embistiéndome de un golpe. Su verga topaba mi cervix, durísimo, como un pistón. Mis tetas saltaban, las apreté, pezones duros como piedras. Plaf, plaf, clapas en mi culo, ‘Toma, zorra vecina, te voy a llenar’. Sudaba, su aliento caliente en mi cara, yo arañándole la espalda. ‘Más fuerte, joder, que te oigan todos’. El sofá crujía, nuestros jadeos llenando el piso, el peligro de los vecinos me ponía a mil.
El clímax crudo y el secreto del pasillo
Aceleró, su polla hinchándose, yo exploté, coño contrayéndose, chorros mojando sus huevos. ‘Me corro, cabrón’, grité, temblando. Él se sacó, leche espesa salpicándome la tripa, caliente. Caímos jadeando, su mano en mi coño aún palpitante.
Al día siguiente, en el pasillo, pasos lentos. Nos cruzamos, él con la bolsa de basura, yo con la compra. Nuestras miradas chocaron, sonrisa pícara. ‘Buenos días, vecina’, dijo bajito, guiñando. Mi coño se mojó de nuevo, el secreto quemándonos. Asentí, mordiéndome el labio, ‘Hasta pronto’. Entré en casa, piernas flojas, recordando su polla dentro. El edificio ya no es el mismo.