Vivo en un viejo edificio en el centro, paredes finas como papel. Desde mi ventana, con las persianas entreabiertas, lo vi por primera vez. Era Paco, el del cuarto piso. Torso desnudo en su balcón, fumando un cigarro a medianoche. La luz de la calle filtraba, iluminaba el sudor en su pecho. Se rascaba la polla por encima del pantalón, distraído. Me quedé mirando, el corazón latiendo fuerte. ¿Me vio? No sé, pero desde entonces, cada noche oía gemidos. Su mujer, o quien fuera, gritaba ‘¡más fuerte, joder!’ y yo me tocaba imaginándolo.
Un viernes, bajaba al garaje. El ascensor pitó, puertas abiertas. Ahí estaba él, solo, apoyado en la pared. Olía a colonia barata y cerveza. ‘Buenas noches’, murmuró, ojos clavados en mis tetas bajo la blusa fina. ‘Buenas’, respondí, entrando. El espacio chico, calor subiendo. Silencio pesado, solo el zumbido del motor. Sus pasos rozaron los míos al girarme. ‘¿Oíste anoche?’, soltó de repente, voz ronca. Me giré, sorprendida. ‘¿Qué?’. ‘Los ruidos… de mi piso’. Tragué saliva, el ascensor paró entre pisos con un tirón. Luz parpadeante, oscuridad casi total. ‘Sí, los oí. Y me pusieron cachonda’. Él se acercó, eh… su aliento en mi cuello. ‘¿Quieres saber cómo es de verdad?’. La barrera cayó. Sus manos en mi cintura, me aplastó contra la pared metálica, fría en la espalda.
La tensión que subía en el edificio
‘Joder, tus tetas son perfectas’, gruñó, bajándome la blusa de un tirón. Pezones duros al aire, él los chupó fuerte, mordiendo. Gemí, alto, el eco en el ascensor me asustó. ‘Cállate o nos pillan’, susurró, pero su polla ya dura contra mi muslo. Le bajé el pantalón, gruesa, venosa, goteando pre-semen. ‘Métemela ya’, le rogué, bajándome las bragas. Me levantó una pierna, entró de golpe en mi coño empapado. ‘¡Qué prieta estás, puta vecina!’, jadeó, follando salvaje. Cada embestida retumbaba, el ascensor temblaba. Sudor mezclado, olor a sexo denso. Le arañé la espalda, ‘¡Más, rómpeme el coño!’. Él aceleró, bolas golpeando mi culo. ‘Me voy a correr dentro’, avisó. ‘¡Sí, lléname de leche!’. Explotó, chorros calientes inundándome, yo me corrí temblando, mordiéndome el labio para no gritar. El ascensor se movió de nuevo, luces normales. Nos separamos jadeando, semen chorreando por mi pierna.
Subí a mi piso primero, piernas flojas. Al día siguiente, domingo, salía al pasillo. Él venía del suyo, con bolsas de la compra. Nuestras miradas chocaron, sonrisa pícara. ‘¿Dormiste bien?’, preguntó bajito, pasando rozándome. ‘Con tu semen dentro, sí’, contesté, guiñando. Él se lamió los labios, ‘Esta noche, balcón. Te miro mientras te tocas’. El secreto quema, cada cruce en el pasillo es electricidad. Sé que nos oirán, y eso me pone más.