Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó el otro día con la vecina del quinto. Es rubia, con una sonrisa que deja ver unos dientes blanquísimos, perfectos, como de anuncio. La he visto mil veces en el pasillo, siempre con esa falda ajustada que marca su culo redondo. Yo vivo en el cuarto, soltera y abierta a todo, me encanta el rollo de espiar, el peligro de que nos pillen.
Todo empezó por casualidad. Bajaba al supermercado y el ascensor se paró en su piso. Entró ella, oliendo a perfume dulce, con esa blusa medio desabotonada que dejaba ver el borde del sujetador. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo. Sonrió, mostrando esos dientes… uf, me puse a mil. ‘Hola, vecina’, dijo con voz suave, un poco ronca. ‘Qué calor hace hoy, ¿no?’, respondí yo, acercándome un poco. El ascensor bajó lento, el zumbido del motor, nuestros cuerpos casi rozándose. Sentí su aliento en mi cuello cuando se giró para pulsar el botón. ‘Sí, mucho calor…’, murmuró, y su mano rozó mi cadera. El corazón me latía fuerte, el aire se cargaba de electricidad. Cuando llegamos a la planta baja, no salimos. Sus ojos azules, iluminados por la luz fluorescente, me clavaron. ‘Sube un momento a mi piso, tengo algo que enseñarte’, susurró. La puerta se cerró de nuevo, subiendo. La barrera cayó ahí, en ese cajón metálico.
La tensión sube en el ascensor compartido
Llegamos a su puerta, temblando las dos. Entramos, el pasillo oscuro del apartamento, persianas entreabiertas dejando filtrar rayos de sol que bailaban en el suelo. Su hija estaba en su cuarto tocando el piano, lejano, notas suaves. ‘Shh, no hagas ruido’, dijo ella, empujándome contra la pared. Sus labios en los míos, urgentes, lengua caliente buscando la mía. Manos por todas partes. Le arranqué la blusa, sus tetas grandes, caídas pero firmes, pezones rosados duros como piedras. ‘Dios, qué ganas tenía de verte así’, gemí yo, chupando uno mientras ella me metía mano bajo la falda. Dedos en mi coño ya empapado, frotando el clítoris. ‘Eres una puta viciosa, vecina’, jadeó ella, mordiéndome el cuello.
El clímax brutal y el secreto ardiente
La tiré al sofá, le bajé las bragas. Su coño rubio, pelito fino, labios hinchados brillando de jugos. Olía a excitación pura, salado y dulce. Me arrodillé, lamí despacio, lengua plana desde el ano hasta el clítoris. ‘Ay, no… mi hija…’, susurró, pero abrió más las piernas. La chupé fuerte, metiendo dos dedos, bombeando. Ella se retorcía, uñas en mi pelo, gimiendo bajito. ‘Cállate o nos oye’, le dije, pero yo quería que oyera, el morbo de ser descubiertas. Se levantó, me quitó la ropa a tirones. ‘Ahora te follo yo’. Sacó un consolador enorme del cajón, negro, grueso. Me puso a cuatro patas, escupió en mi culo y en el juguete. ‘Relájate, zorra’. Empujó, centímetro a centímetro, mi coño tragándoselo entero. Follando duro, cachetazos en el culo, el piano de fondo tapando sus gritos. ‘¡Más, joder, rómpeme!’. Cambiamos, yo encima, cabalgando su cara mientras ella se metía los dedos. Corrimos juntas, chorros en su boca, ella temblando, gritando mi nombre. El sudor nos pegaba, olores mezclados, coños palpitando.
Después, silencio. Nos vestimos rápido, risas nerviosas. ‘Vuelve cuando quieras’, me dijo guiñando un ojo, esos dientes reluciendo. Salí flotando. Al día siguiente, en el pasillo, pasos en el suelo de mármol. Ella bajaba la basura, yo salía a trabajar. Nuestras miradas se cruzaron, sonrisa cómplice, fuego en los ojos. Su mano rozó la mía al pasar. ‘Buen día, vecina’, dijo alto para los demás. Pero yo sabía, el secreto quema, y ya planeamos la próxima en el balcon, con el aire fresco y el riesgo de que todo el bloque vea.