¡Uf, tíos, no os imagináis lo que me pasó con Brigitte, mi vecina holandesa del piso de al lado! Es una tía altísima, rubia, con curvas perfectas, tetas firmes tipo 95C y un coño depilado con dos piercings en los labios gruesos que brillan como locos. Su marido curra en Shell, siempre de viaje por Oriente Medio, meses fuera. Ella alquila habitaciones a veces, pero yo ya la conocía de vista.
Era una tarde de verano asfixiante aquí en Madrid. El aire del balcón fresco, cigarro en mano, oigo chapoteo suave desde su jardín trasero, pegado al mío por una valla baja. La luz del sol filtra por las persianas entreabiertas, rayos dorados bailando en el agua. Me asomo un poco, corazón acelerado… y ¡joder! Ahí está ella, desnuda en su piscinita solar. Agua tibia lamiéndole la piel pálida, pezones duros como piedras rosadas, esos anillos de oro tintineando al frotarse el clítoris despacio, ojos cerrados de puro placer. Mi coño se empapa en segundos, el pulso retumbando en las sienes. Miedo que me vea, pero no puedo parar de mirar. Se gira, agua goteando por su culo redondo, y entra en casa meneando las caderas.
La mirada furtiva y la chispa en el ascensor
Al día siguiente, pasos pesados en el pasillo del quinto, eco metálico contra las paredes. El ascensor se abre, entro yo con la bolsa de la compra. Entra ella, bata blanca suelta, olor a crema solar y algo dulce. ‘¡Hola! ¿Qué tal el calor?’, dice en español con acento gutural, sonrisa enorme mostrando dientes perfectos. Rozamos al girar, su teta roza mi brazo. ‘Yo… bien, ¿y tú? Te vi… eh, desde el balcón ayer’, balbuceo roja como un tomate. Ríe bajito. ‘Ah, ¿sí? Ven a la piscina si quieres refrescarte. Mi marido no está, estamos solas’. El ascensor para en su piso, me coge la mano tibia, piel suave. Entramos en su casa, bata cae al suelo. ‘Aquí en Holanda, nude siempre’, susurra. Su coño reluce, piercings plateados. Me desnudo temblando, agua caliente nos envuelve, cuerpos rozando ‘accidentalmente’. Sus pezones contra mi espalda, mano bajando por mi tripa. La tensión explota: nos besamos salvaje, lenguas enredadas, saboreando cloro y deseo.
El sexo salvaje con gemidos que alertaban al edificio
Ya en su habitación, persianas entreabiertas, luz anaranjada del atardecer filtrando. ‘Fóllame como los españoles, que sois los mejores’, gime mientras me tumba en su cama king size. Me banda los ojos con una bufanda, manos atadas al cabecero. Siento su cuerpo pesado sobre mí, anneaux fríos rozando mi polla dura. Baja la boca, lengua champán imaginario lamiendo mi ombligo, luego mis huevos, chupándolos con hambre. ‘Mmm, qué rica polla’, murmura. Dedos en mi culo, abriéndome despacio, lengua caliente lamiendo mi ano, metiéndose dentro. Gimo fuerte, ‘¡Joder, Brigitte!’. Ella cabalga mi cara, coño jugoso goteando en mi boca, piercings tirando de mis labios. La como entera, clítoris hinchado entre dientes, ella tiembla gritando ‘¡Sí, cabrón!’. Mi polla perla pre-semen, ella la mama profunda, garganta apretando. Me desata, ‘Ahora tú, hazme correrme’. Le aprieto tetas, muerdo pezones hasta que sangran placer. Tres dedos en su coño chorreante, tirando anneaux, clítoris succionado. Explota, orina caliente en mi mano, ‘¡Me corro, hostia!’. Se gira, culo arriba, ‘Encúlame, métemela toda’. La penetro suave, ella empuja hasta huevos contra su piel. Follamos brutal, cama crujiendo, gemidos eco en el pasillo. ‘¡Cállate o nos oyen los vecinos!’, susurro, pero ella grita más, ‘¡Que oigan, que se pajeen!’. Eyaculo profundo en su culo apretado, chorros calientes mezclados con sus jugos. Sudados, colapsamos, risas ahogadas.
A la mañana, pasos en el pasillo otra vez. Salgo con la basura, ella con bata floja, sonrisa pícara. Nuestras miradas chocan, fuego secreto. ‘¿Dormiste bien?’, guiña. Asiento, coño palpitando aún. ‘Ven esta noche, con amigos… si eres bueno’. El ascensor cierra, solos un segundo, mano en mi paquete. El edificio guarda nuestro secreto sucio.