Vivo en un edificio viejo de Vera, paredes tan finas que oyes hasta los suspiros del vecino. La otra noche, sobre las tres, unos gemidos me despiertan. ‘¡Ay, sí, más profundo!’, grita una voz ronca. Me pica la curiosidad, me levanto… la ventana da al balcón de al lado, luz filtrando por las persianas. Me asomo con cuidado, el corazón latiéndome fuerte. Ahí está ella, Jessica, mi vecina del quinto, ¡la morena tetona que siempre saluda con sonrisa pícara. Está a cuatro patas en su sofá, desnuda, tetas enormes balanceándose, el culo en pompa mientras un tío la taladra por detrás. Clav, clav, los golpes resuenan. Ella arquea la espalda, mordiéndose el labio, ‘¡Fóllame más fuerte, joder!’. Se corre temblando, él gruñe y se vacía dentro. Me mojo al instante, mi coño palpita. Cierro la cortina, pero no duermo, tocándome pensando en esas tetazas.

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Al día siguiente, bajo al supermercado. En el ascensor, entra ella. Vestido ligero, escote dejando ver ese par de melones. ‘Buenos días, ¿dormiste bien?’, dice con guiño, como si supiera. Huele a vainilla y sexo reciente. Nuestras miradas chocan, el aire se carga. ‘Sí… oí ruidos anoche’, balbuceo, ruborizada. Ella ríe bajito, ‘¿Ah sí? A veces el placer se escapa’. Su mano roza mi brazo, piel erizada. El ascensor para en su piso. ‘Sube un rato, te enseño mi truco para dormir mejor’, susurra, mordiéndose el labio. Dudo… entro. Puerta cierra, me empuja contra la pared. ‘Te vi mirando, guarra. Te gustó, ¿verdad?’. Sus tetas contra las mías, beso salvaje, lenguas enredadas.

La mirada que encendió todo

Ya en su salón, me arranca la camiseta. ‘Joder, qué pechos tan perfectos’, gime, chupándomelos, mordisqueando pezones duros. Yo le bajo el vestido, coño depilado, ya chorreando. ‘Lámeme, vecina’, ordena, sentándose en el sofá. Me arrodillo, huelo su excitación, lengua en su clítoris hinchado, labios jugosos. ‘¡Sí, así, méteme los dedos!’. Dos dentro, follando su coño empapado, ella gime alto, ‘¡Me voy a correr!’. Chorrea en mi boca, dulce y salado. Se gira, ‘Ahora fóllame con la lengua en el culo’. Le abro nalgas, lamo ese ano prieto mientras froto su clítoris. Tiembla, grita, ‘¡Hostia, qué puta eres!’. Me pone a cuatro, saca un consolador enorme. ‘Esto es lo que me folla él, pero hoy tú’. Me lo mete de un golpe, duele y excita, ‘¡Más, rómpeme el coño!’. Bombeamos fuerte, tetas rebotando, sudor goteando. Cambio, la monto, cabalgo su cara, coño en su boca mientras le meto dedos en el culo. ‘¡Córrete en mi cara, zorra!’, suplica. Me vengo gritando, ahogándola en jugos. Ella se corre otra vez, ano contrayéndose en mis dedos. El vecino de abajo debe oírnos, pasos en el pasillo… el riesgo me pone más. La penetro con el juguetón, brutal, ‘¡Toma polla, vecina puta!’, hasta que explota arqueándose.

Minutos después, jadeando en el sofá, piel pegajosa. ‘Esto queda entre nosotras’, dice riendo, limpiándose el coño. Me visto a prisa, beso fugaz. Bajo temblando, coño palpitando. Al día siguiente, pasillo, nos cruzamos. Ella con bolsas, yo con la basura. Miradas cómplices, sonrisas sucias. ‘¿Otra noche de ruidos?’, pregunto bajito. ‘Ven cuando quieras, el balcón está abierto’, guiña. Pasos en el corredor, corremos a nuestros pisos. Ese secreto quema, espero la próxima.

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