Vivo en un viejo bloque en Madrid, paredes finas como papel. La otra noche, el calor me tenía sudando en el balcón. La luz de la luna se colaba por las persianas entreabiertas del piso de al lado. Oí risas ahogadas, voces de mujeres jóvenes. Mis vecinas, Samia y Nadia, dos chicas de intercambio estudiando medicina. Samia, morena delgada con ojos grandes; Nadia, curvilínea, tetas grandes y culo que rebota al andar.
Me acerqué a la ventana, curiosa. El aire fresco del balcón me erizó la piel. Oí a Nadia susurrar: ‘Tu tío me lamía el coño anoche, Samia, qué lengua… casi me corro.’ Samia, tímida: ‘¡Estás loca! Pero… cuéntame más.’ Detalles crudos: cómo él le metía dedos, la rozaba con la polla dura. Mi coño se mojó solo oyéndolas. Imaginé sus cuerpos desnudos, el olor a sexo flotando. Pasos en el pasillo de ellas, risitas nerviosas. Me toqué despacio, mordiéndome el labio.
La tensión que crece en el edificio
Al día siguiente, bajaba en el ascensor. Puertas se abren en su planta. Nadia entra, sola, ajustándose la falda corta. Olor a perfume dulce y sudor. ‘Hola, vecina’, dice con sonrisa pícara. El ascensor arranca con un zumbido viejo. Estamos pegadas, calor subiendo. ‘Anoche… te oí’, le suelto, voz ronca. Ella se gira, cejas alzadas: ‘¿Sí? ¿Y qué oíste?’ Mi mano roza su cadera. ‘Que te encanta el peligro.’ Sus ojos brillan. ‘Ven, no pares.’ La beso, lengua dentro, saboreando su boca salada. Sus manos en mi culo, apretando.
El ascensor para entre pisos. Botón atascado. ‘Aquí nadie nos pilla… aún’, murmura. Le subo la falda, tanga empapada. ‘Estás chorreando.’ Meto dedos en su coño caliente, resbaladizo, follando adentro con ritmo. Ella gime bajito: ‘Joder, sí… más profundo.’ Le bajo el top, chupando pezones duros, morados. Se arrodilla, abre mi pantalón. Mi coño afeitado ante su cara. Lamida lenta, lengua plana lamiendo clítoris. ‘Qué rico, vecinita.’ Me corro rápido, piernas temblando, jugos en su barbilla.
El clímax crudo y el secreto compartido
Ella se pone de pie, gira. ‘Fóllame ya.’ Baja tanga, culazo expuesto. Le meto tres dedos, chorreando. ‘Tu coño aprieta como puta.’ Golpes fuertes, palmadas en nalgas rojas. Oímos pasos arriba, voces lejanas. ‘¡Calla, nos oyen!’, susurra excitada. Eso la pone más: gime ‘¡Córrete dentro, joder!’ Mi mano libre en su clítoris, frotando furioso. Se corre gritando ahogado, coño contrayéndose, chorros calientes por muslos. Yo exploto otra vez, besándola para tapar gemidos.
Ascensor sigue, paramos en mi planta. Salimos despeinadas, mejillas rojas. ‘Mañana más’, guiña. Duermo con su olor en piel. Al día siguiente, pasillo estrecho. Samia pasa primero, saludo normal. Luego Nadia, roce de manos. ‘Nuestro secreto quema’, susurra. Sonrío cómplice, coño palpitando ya. Pasos eco en pasillo, luz filtrando por bombilla parpadeante. El edificio guarda nuestro polvo sucio, prohibido. Quiero más, el riesgo me mata de gusto.